Un dedo torcido

17.09.2017 | 04:45
Joaquín Leguina

En su libro-despedida ("Arenas movedizas", Tusquets) escrito cuando el cáncer había ya invadido sus pulmones, Henning Mankell (1946-2015) reflexionaba sobre el pasado remoto y el futuro improbable y en uno de sus pasajes escribe sobre el arte rupestre que se ha conservado en las cuevas. Cuenta que en una de ellas, en el sur de Francia, concretamente la de Chauvet, se descubrió la firma de aquel de quien se puede decir que es el primer artista identificado de la historia de la humanidad.
Este artista decoró gran cantidad de paredes de las cuevas con imágenes de animales y sabemos que fue un varón porque la firma desvela su sexo. No está caligrafiada, dado que hace 30.000 años no había ni alfabeto ni lengua escrita, pero las firmó con sus huellas, las de unas manos fuertes que aparecen impresas entre los animales que él pintó.
Lo que lo hace singular y, por tanto, le otorga una identidad muy precisa es uno de sus dedos. Lo tiene torcido. El dedo torcido no le impedía representar a los animales con gran fidelidad, y, sobre todo, tenía gran capacidad para plasmar a los animales en movimiento. Del mismo modo que se han conservado enteras las huellas de los pies de quienes pisaron las cenizas aún calientes después de la erupción del volcán en el valle del Rif, existe la impresión de esas manos con ese dedo torcido. Quién era, cómo vivió y cómo murió es algo que ningún arqueólogo podrá averiguar jamás.

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