Clemencia para un meón

04.09.2017 | 04:45
Clemencia para un meón

Y tras la canícula saltó la noticia, que no era la de los brutales atentados de Barcelona ni la de los misiles del espeluznante King Jong Il, no señor, la noticia a cuatro columnas es que la Policía Municial de Salamanca le ha cascado una multa de 150 pavos a un gallego de Porriño, por mear contra los centenarios muros del Palacio de Monterrey.
Se conoce que el gallego de Porriño, tierra de famosas canteras de granito que son el fundamento de la ciudad de Santiago de Compostela, no pudo aguantar más la retención de líquidos, tras una noche de francachela por las riberas de la Calle Prior y minga en mano se alivió a la intemperie, sin respetar la propiedad de los Duques de Alba ni considerar la dañina corrosión que causan los orines en la piedra arenisca centenaria. Un descarado sin conciencia ecológica ni artística.
Qué tiempos estos, tan ligeros y sin carácter, en los que por sólo 150 euros se le puede mear al Duque de Alba a la puerta de casa. Un lujo barato que la gente se puede permitir.
Cómo habría reaccionado aquel D. Fernando de Toledo y Pimentel, terror de Flandes durante el siglo XVI, cuyo espantajo todavía se agita ante los niños holandeses para meterles miedo —! Qué viene el Duque!— como a los nuestros con el del coco...
Qué descarada insolencia. Un plebeyo chorra en mano, profanando el Palacio de aquel noble implacable, que no se conformaría a buen seguro con el monto de la sanción de los 150 maravedíes de entonces. Quede aquí a criterio del lector imaginar sus represalias.
Burlas a un lado urge, con este caso como punta de lanza, que el Ayuntamiento habilite mingitorios públicos cuando organiza saraos multitudinarios, porque los hosteleros están hartos de que sus establecimientos sean el meadero de gentes que ni consumen ni agradecen la hospitalidad gratuita de los WC privados.
Y a veces, cuando se les recrimina o se impide su uso, caso de la multitudinaria Nochevieja Universitaria, montan en cólera contra el personal.
Tan acostumbrados estamos al confort del agua corriente, que cuesta creer que en Salamanca el alcantarillado urbano apenas cuente con cien años de existencia y todavía a principios de siglo XX, las calles eran una esgueva maloliente donde se arrojaban todo tipo de detritus domésticos.

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