Miel y botijos

27.08.2017 | 04:45
Román Álvarez

A los que somos de pueblo nos gusta visitar el lugar donde atisbamos la luz por vez primera. Cada vez somos menos los nacidos en un entorno rural, cuando la partera de turno –generalmente mujer ya mayor con amplia experiencia en esas lides—era la encargada de que el alumbramiento se llevara a cabo sin sobresaltos y no se desgraciara la criatura al asomarse a este valle de lágrimas. Ni médicos, ni comadronas, ni maternidades, ni ninguno de los adelantos de la capital. Ni siquiera agua corriente en las casas. Grandes perolas con agua de la fuente puesta a hervir, abundancia de paños y toallas, y a correr.
Cada verano retorno a los orígenes vitales, al reencuentro con la memoria. Acaso una memoria inconscientemente manipulada que alberga el poso de toda la cultura de los antepasados. Una memoria infantil poblada de humildes viviendas, establos, pajares y apriscos que en suave declive trepan por las laderas que enmarcan el minúsculo valle o se desparraman hacia el curso del río. Una memoria en la que flotan las imágenes de laderas boscosas, pastos ondulantes a punto de siega, lomas, sotos, riscos y oteros.

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