Al-Andalus

24.08.2017 | 04:45
Juan Antonio García Iglesias

Allá donde esté uno, aparecen, no hay manera de quitárselos de encima. Se meten por todas partes y por más que se huya de ellos nada se consigue. Como si tuvieran el don de la omnipresencia, son la sombra de la gente. Si se queda porque se queda, si se desplaza porque se desplaza, ahí va la sombra dando la nota veraniega. Ganas de fastidiar al prójimo que trata de olvidarse hasta de sí mismo con la idea de cargar las pilas cara a septiembre, que se acerca más rápido de lo que uno quisiera, tan rápido que ahí lo tenemos, en capilla.
Por más que trate uno de quitarse de enmedio, de evadirse de lo habitual leyendo lo que otros han escrito y escuchando la música que otros han compuesto, leyendo lo que quieres leer y escuchando lo que quieres escuchar, pensando en que tiempo tendremos por delante para ni lo uno ni lo otro, tiempo amargo y tedioso, también interminable.
Pues en pleno esfuerzo estaba, en lucha conmigo mismo tratando de evadirme leyendo a Valle y escuchando a Falla cuando se metió por medio, trastocándomelo todo, el flashazo del atentado terrorista por atropello con una furgoneta en las Ramblas. Lo que le faltaba —pensé— a Barcelona, a Cataluña y a España. Se veía venir. España, pese a sus riesgos o, tal vez, precisamente por eso (la historia nos ha colocado en el centro de la diana del yihadismo), no se podía permitir ningún fallo y ha fallado en un momento bien calculado y en el lugar que más a mano tenían, por eso el más vulnerable, de todo el territorio nacional.

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