El dolor y la náusea

20.08.2017 | 04:45
Julián Ballestero

Lo primero es el dolor. La cadena de salvajes ataques en Cataluña nos taladra el corazón, nos provoca un daño inmenso, como una herida abierta en el pecho. Pensar en el horror, en la brutalidad de los atentados, en el sufrimiento de las víctimas y sus familias nos quema el alma. Por un momento nos ponemos en su lugar, nos gustaría abrazarles a todos y decirles que su suplicio es también el nuestro. Y nos duele más porque es Europa, porque es Barcelona y por tanto es España.
Después nos reunimos durante unos minutos de silencio para decirles a los terroristas que no les tenemos miedo, aunque sigamos con el corazón encogido y miremos de reojo cada furgoneta. Así, hombro con hombro en la Plaza Mayor, junto a las autoridades y representantes de los partidos políticos, cientos de salmantinos lanzamos a los fanáticos asesinos un mensaje de solidaridad y de unidad, aunque sabemos que en esta guerra algunos de los que están no tienen claro el bando.
Después del dolor viene la náusea. El asco por los yihadistas criminales, pero también por quienes los justifican, los comprenden y dudan en combatirles. No sabemos quién nos produce la arcada más fuerte, si los terroristas o quienes, como Podemos, se niegan a firmar el Pacto Antiterrorista. Unos son perros rabiosos, enloquecidos por su particular guerra santa, escoria convertida en criminales despiadados en virtud de un odio religioso, pero los otros son solo aprovechados estrategas de la política nacional, que pretenden desmarcarse de la mayoría, aunque ello signifique colocarse en tierra de nadie cuando se exige firmeza en defensa de la democracia.

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