Barcelona, turismo y terrorismo

20.08.2017 | 04:45
Román Álvarez

La industria turística ha sido en España la gallina de los huevos de oro. Desde los viajes en moto del alcalde de Benidorm allá en los años cincuenta para convencer al gobierno de Madrid de que en el Mediterráneo había una mina de oro por explotar hasta los ochenta millones de visitantes de este año, las cifras no han dejado de crecer. Es verdad que en esas primeras etapas el franquismo no comulgaba con los excesos morales y la posible perversión del acendrado nacional-catolicismo, siendo aún el país reserva espiritual de occidente. Pero si había que tolerar a regañadientes destapes, bikinis y restregones discotequeros en determinadas zonas playeras, habría de ser en beneficio de la economía nacional y del muestrario de alardes viriles del macho ibérico ante el mujerío nórdico, principalmente.
Al cabo, España se convertiría en modelo y referente para el resto de los países, con escuelas de turismo públicas y privadas de rango universitario. Recuerdo no hace mucho que un alto funcionario vietnamita me pidió consejo acerca de cuáles eran en España las facultades o escuelas especializadas en la formación de expertos turísticos, porque deseaban ponerse en contacto con esos centros, buscar fórmulas de cooperación y adquirir conocimientos y técnicas exportables a Vietnam. Hoy el turismo es un fenómeno global imparable.

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