El mal de la trivialidad

06.08.2017 | 04:45
Joaquín Leguina

Hannah Arendt escribió para el New Yorker las crónicas del juicio que tuvo lugar en Jerusalén contra Eichmann. Más tarde, aquellas crónicas se publicaron en forma de libro con el título "Eichmann en Jerusalén" con un significativo subtítulo: "Informe sobre la trivialidad del mal".
"Eichmann no es una figura demoniaca, sólo es la encarnación de la ausencia de pensamiento en el ser humano", escribió Arendt. Esta idea y su crítica acerca de los comportamientos de algunos líderes religiosos durante el holocausto ("Para un judío, la participación de responsables judíos en el exterminio de su propio pueblo representa, sin duda, la sombra capital en esta sombría historia"), le trajeron a la autora un auténtico linchamiento moral.
Arendt introducía por primera vez un paralelismo, una ligazón, entre mal y trivialidad. La teoría según la cual el mal carece de profundidad, resultando, paradójicamente, inextricable por ser superficial, puede discutirse, pero, a la inversa, ¿es pertinente plantearse que la trivialidad es siempre un mal?

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