Suma y sigue...

27.05.2017 | 04:45
Juan Antonio García Iglesias

Por más que lo intento no puedo, no encuentro forma de quitármelo de la cabeza. Manchester es una ciudad a la que no soy ajeno. Durante no pocos años tuve allí mi casa. Cuando hablo de mi casa no me refiero a mi hogar, que por entonces no tenía, bueno, sí, el de mis padres en Madrid, sino a la sede central de la naviera en la que navegaba: Manchester Liners, bajo bandera británica, también liberiana. Muchas veces subimos a golpes de barco canal arriba y otras tantas bajamos, viejo canal aquel con esclusas (cinco, creo recordar) que todavía funcionaban a vapor, trabajo duro, 36 millas de largo (58 kilómetros), un montón de horas bregando y muchas dificultades, una al menos por esclusa, más las del atraque y desatraque entre las estrecheces de aquellos muelles con nombres todos ellos de rancia historia.
Treinta y cinco años o más hace que no he vuelto, pero aquel Manchester de entonces (victoriano, industrioso y portuario, ennegrecido y sucio, con mucho ladrillo a la vista y bastante aburrido) lo tengo grabado en la mente, me imagino que, en muchísimos aspectos, muy distinto al de hoy. Sin embargo, este último atentado yihadista, más criminal si cabe que cualquier otro, dirigido contra jóvenes, adolescentes y niños (no digo inocentes, porque todas, absolutamente todas las víctimas del terrorismo, sea cual sea la edad, lo son) mientras asistían a un concierto organizado para ellos. No obstante el tiempo pasado y los cambios habidos, acusé la noticia de manera muy impactante, porque allí, en el Manchester Arena, donde nunca estuve, pese a ello, algo mío también murió.

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