Hacerse un Groucho diario

20.05.2017 | 04:45
Alberto Estella

La picaresca se manifiesta de muchas maneras. Y el pícaro suele ser imitado. Se le ocurre una jugarreta, la consuma, se conoce, se aplaude y la adoptan otros jetas. Una de las celebraciones que más cansan , es la misa de la boda. Hay que ir de punta en blanco, dispuesto a escuchar la homilía del cura amigo de los novios, que destaca cuanto se quieren; los cánticos; la ceremonia, las arras, los anillos y todo eso que emociona tanto a las madres; y la salida, tras los novios, padrinos, testigos, los sobrinillos vestiditos de pajes€ con la marcha nupcial de Mendelssohn. Bueno pues muchos invitados „que incluso están arrepentidos de su propia boda„, en la ajena no solo no se emocionan, sino que se atostonan.
Cuando se casa un Príncipe, el espectáculo está asegurado, pero mejor para verlo en televisión, whisky en la mano, sin tener que pasar por seguridad, protocolo, la alfombra, y dos horas de órgano, ritos€ Todo esto es lo que debió pensar Ernesto de Hannover, entonces marido de Carolina de Mónaco, para no asistir a la catedral de La Almudena al enlace del Príncipe Felipe con Leticia. Dejó el chaqué en la percha y se atizó unas copitas, siguiendo su conocida costumbre de dipsómano.

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