El dos de mayo

01.05.2017 | 04:45
El dos de mayo

Nuestro "dos de mayo" fue el seis. Las comunicaciones, entonces, no eran como las de hoy, tan instantáneas. Villar y Macías en su "Historia de Salamanca" escribe que ese día, el seis de mayo, "trajo el correo la noticia de los horrores cometidos por los franceses en Madrid y no había corazón que no se encendiese en ira clamando venganza". Ahí empezó todo y los resultados los puede leer en "Memorias de un setentón", de Mesonero Romanos, y pueden resumirse en una palabra, "caídos", que es el nombre que designó durante décadas a la zona derruida como consecuencia de la guerra. Hay una Plaza de los Caídos, junto a la Facultad de Ciencias con vistas a la Vaguada de la Palma, eje de la destrucción. José de Juanes alude a ello en el libro "Los Milagros y sus gentes", que dedicó a esta parte de Salamanca, hoy irreconocible si la comparamos con la de mediados del siglo XIX e incluso el bien entrado el XX, como si nadie quisiere borrar la huella de aquella miseria que dejó la guerra.
La tomaron los estudiantes con el gobernador, Zayas, al que obligaron a picar el medallón de su amigo Godoy, que este obligó a poner en la Plaza Mayor –Franco no será el primero en ser retirado„y se alistaron para luchar contra el francés. Salieron de la ciudad muchos y quedó esta indefensa, así que poco podía hacer el gobernador elegido, Francisco Nieto Bonal, después del gran estallido social en la ciudad el 14 de junio de 1808. Fue escasa la resistencia que encontraron los franceses para tomar la ciudad y celebrar su saqueo. Zahonero escribe que "robaron tanto en tantas partes, que en la Plaza de la Verdura vendían muebles y alhajas de casas y templos". Los ladrones vendían lo robado, pública e impunemente. La ciudad, entonces, fue tomada, el gobernador francés, Thiebault, entre pillaje y pillaje, desalojó la Plaza de Anaya, y después fortificó San Vicente para defenderse del ataque anglo, español y portugués, que dejó caídos por todas partes. Wellington fue celebrado en Salamanca por sus victorias y tiene su medallón en la Plaza Mayor. Cuenta Leith Hay en una de sus cartas, recogidas en "Viajeros extranjeros en Salamanca", que "Wellington entró en Salamanca hacia las diez de la mañana: las avenidas estaban abarrotadas de gente que vociferaban expresiones de alegría". Lo normal cuando uno tiene la sensación de que las atrocidades de una guerra han terminado e ignora la crisis que llega a continuación. Años más tarde el viajero Richard Ford describe Salamanca como una ciudad "aburrida, dormida y fría", llena de incomodidades: falta combustible, carece de una posada tolerable€En fin, aquel dos de mayo, que en Salamanca fue el seis, abrió un periodo negro que duró más que la propia guerra.

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