La crisis del 1 de Mayo

01.05.2017 | 04:45
La crisis del 1 de Mayo

Hubo tiempos mejores para el 1 de Mayo. Cualquiera de nosotros recordará aquellas masivas manifestaciones que terminaban llenando la Plaza Mayor con mensajes incendiarios contra la política laboral del Gobierno por parte de los líderes sindicales locales. Muchos de los viejos rockeros que hoy recorrerán la ciudad pensarán para sus adentros. "Contra Felipe nos manifestábamos mejor". Una curiosa paradoja ésta, heredera del clásico dicho "Contra Franco vivíamos mejor", que popularizó la generación de sus padres. Eran finales de los 80 y principios de los 90 cuando el PSOE ya se había despojado de la túnica de su utopía socialista y se vistió la chaqueta de funcionario entregándose al pragmatismo que le imponían las directrices de Bruselas. Fuera tonterías. El Gobierno impuso la reconversión industrial y estableció límites a la producción agrícola y ganadera. A miles de ciudadanos les costaba entender que el presunto sueño de la Europa unida era también el culpable de que ahora se quedasen sin trabajo. El 1 de Mayo se convertía así en la expresión del descontento popular. Era una marcha convocada por los sindicalistas pero en la que era habitual ver a ciudadanos de a pie afectados por la nueva crisis económica sobrevenida. Miles de personas subían por la Gran Vía hasta la plaza de España. giraban a la izquierda para seguir ascendiendo por Mirat hasta enfilar la calle Zamora para terminar haciendo su entrada triunfal en la Plaza Mayor. Aquella marcha sintonizaba con un generalizado descontento que se plasmó también en el seguimiento de las huelgas generales. Había que estar convencido de la fuerza propia para lanzar ese órdago. Eran otros tiempos.
La manifestación de hoy también llenará las calles, Llenará la plaza de la Fuente, la Cuesta del Carmen y la calle Prior, un recorrido más acorde a las circunstancias. El escenario nada tiene que ver con el de hace 25 años. La economía ha cambiado, la sociedad española ha cambiado y hasta los partidos políticos también han cambiado. Los que no parecen haberse adaptado a los tiempos en la misma medida han sido los sindicatos. Las aspiraciones y necesidades de la sociedad española del siglo XXI, en una época protagonizada por el sector de los servicios y la extensión y desarrollo de la tecnología a todas las actividades, requeriría de otras estrategias más sutiles y efectivas que las que los sindicatos vienen esgrimiendo desde la Transición. Los trabajadores de hoy, así como los ciudadanos que desean trabajar y no pueden, seguimos necesitando del apoyo de colectivos que miren específicamente por nuestros intereses, lo mismo que los empresarios coordinan sus iniciativas y establecen sinergias de actuación para prosperar y hacer rentables sus iniciativas. Pero hace tiempo que los sindicatos que se autodenominaban "de clase" han perdido el lugar que un día ostentaron como órganos de representación social. La globalización empresarial no se ha visto correspondida por una internacionalización similar del movimiento sindical, anclado en estructuras internas de otra época. Dos empleados afiliados en Salamanca y en Verona que trabajen con el mismo contrato precario para la misma multinacional no encontrarán el mismo apoyo de su organización sindical porque sus respectivas organizaciones hacen la guerra por su cuenta, aunque los dirigentes de sus países coordinen en las cumbres del Eurogrupo una política laboral similar.

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