Donde nunca pasa nada ni dimite nadie

29.04.2017 | 04:45
Juan Antonio García Iglesias

Otra hoja del calendario que se cae, esta vez es la del mes de abril, que se acaba sin que hayan caído siquiera las cuatro gotas de rigor. No recuerdo como fue marzo, da igual, pero con un mes de abril como este me temo que mayo no será ni tan florido ni tan hermoso como canta el refrán. Lo del temor es relativo en mi caso, porque cuanto menos primaveral sea la primavera mejor me viene. Su hermosura me machaca, la alergia es así de desconsiderada, por eso la primavera cuanto más lejos la vea más bonita me parece y mejor me sienta. Hasta ahora la vengo aguantando bien.
Sin embargo, no pido que siga así, porque las consecuencias, si el tiempo no cambia, las noto ya desde mi casa, a la que solo una carretera y sus cunetas separan de tierras donde crece el cereal, hoy de un verde mustio que anuncia la falta angustiosa de agua y la desesperada necesidad de que llueva, siendo yo el primero en desearlo. No soporto sequías a la vista, tanto que si me dieran a elegir me quedaría con la alergia. Lo cierto es que el tiempo avanza, pero solo el tiempo, porque avances en otras cosas no se aprecian muchos, mientras seguimos estancados en estos lodazales en los que se han metido y, de paso, nos han metido por efecto colateral (término que se acepta fácil porque suena bien), con todas sus consecuencias, de las que no nos libra nadie, ni quienes nos han metido en ellos. Más que lodazales parecen arenas movedizas de las que, quienes caen en ellas, cuanto más se esfuerzan por salir menos lo consiguen.

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