Oréganos lejanos

17.04.2017 | 00:00
Oréganos lejanos

Me pusieron la última multa de tráfico hace no mucho. Fue en una localidad costera durante una corta escapada vacacional. Llevaba un rato dando vueltas alrededor del hotel cuando vi un hueco entre otros cuantos coches en batería y aparqué sin fijarme mucho. A la mañana siguiente, allí todo eran camiones en torno a mi modesto coche, estacionado en zona de carga y descarga con un papelito bajo el limpiaparabrisas: la autoridad competente le había pitado fuera de juego. Volví del viaje obsesionado por liquidar aquella multa cuanto antes sin dejar pasar el período de pago reducido, y, tras leer atentamente y no sin esfuerzo la diminuta letra del reverso del boletín, así lo hice con una transferencia bancaria al tercer día. Ay, iluso de mí: un mes después, cuando yo creía ya olvidado el incidente, el ayuntamiento correspondiente me hacía llegar a mi domicilio en Salamanca la notificación oficial, la de verdad. Esa a la que tenía que haber aguardado para efectuar el pago. Una vez que me identificaron como usuario de aquel vehículo de alquiler, me requerían ahora un importe que ya había abonado. Y es porque había pagado... demasiado pronto.
No es extraño que el ciudadano que se aventura en tierras extrañas termine cayendo en el error de creer que allí todo el monte es orégano. Lo saben en el Hospital de Salamanca, donde cerca de los 80 por ciento de los pacientes extranjeros que son allí atendidos, según publicábamos ayer en LA GACETA, optan por hacer un "simpa" sanitario que ríanse ustedes de los banquetes de boda de León. Y da que pensar el hecho de que la mayoría de los listos sean ciudadanos estadounidenses, acostumbrados a pagar, y no poco, por las atenciones sanitarias en su país. Quizás hayan oído hablar erróneamente de que en España la sanidad es gratuita y tampoco se han molestado mucho en confirmar el dato. Lo mismo que muchos de ellos acuden a los Sanfermines creyendo que allí sueltan a los toros libres por las calles a cualquier hora, o que es típico arrojarse al vacío desde lo alto de una fuente para que los colegas de borrachera te recojan abajo en brazos. En todo esto hay mucho de desinformación, está claro, pero hay bastante más de lo que vulgarmente se describe como ´tener un morro que te lo pisas", expresión para la que ignoro si existe un equivalente en inglés. Lo que sí es evidente es que la picaresca no parece exclusiva de España. Ellos no escribieron "El Lazarillo de Wisconsin", pero a cambio alumbraron "Las aventuras de Tom Sawyer", que viene a ser tres cuartos de lo mismo pero a la americana.
Viviendo en una sociedad en la que nos marcamos derechos y obligaciones, uno de los cortocircuitos pendientes de reparar es el hecho de que sigamos aplaudiendo al espabilado o espabilada que esquiva la norma en su provecho. Durante muchos años, quien engañaba a la Hacienda pública era visto en sus círculos más cercanos como una especie de Robin Hood que robaba a ese difuso ente llamado "Estado" para dárselo a ese pobre que era uno mismo. Luego nos dijeron que Hacienda éramos todos, pero algunos poderosos no debieron entender el mensaje o creyeron que no iba con ellos.

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