Por amor al arte

14.04.2017 | 04:45
Fernando Población

Soy muy fan de las cosas pequeñas. De las cosas sencillas. De todo aquello que, por cotidiano, no le damos el valor que realmente tiene. Me gusta disfrutar sin estridencias ni grandilocuencias, me gusta pensar que en los mínimos está la esencia. Suelo fijarme en cosas que quizá no les demos mucha importancia, como noticias enterradas en los medios, pero que tienen algo que nos puede hacer llegar algo más allá, que nos permiten darles una vuelta de tuerca.
Hace poco leí la historia de Giovanni Mongiano. Mongiano es un actor italiano que estaba representando una obra de teatro en un pueblecito. Cuando el actor se acercó a la taquillera para saber el aforo de la función que estaba a punto de representar, ella, muy avergonzada, le comentó que no había vendido una sola entrada. Nadie iba a acudir a ver esa representación. Nadie. Ni una sola persona. Mongiano, sin darle mucha importancia, se subió a las tablas y ejecutó su monólogo como si el patio de butacas estuviera lleno.
La verdad es que yo no lo entiendo. No me hago a la idea. Me parece más un brindis al sol, un momento de histrionismo, una pataleta de artista llevando el fracaso de ese día al límite, y apostando a subirse a las tablas "porque yo lo valgo".

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