Sábado de gloria-77

13.04.2017 | 04:45
Tomás Pérez Delgado

Venían del sectarismo y la insignificancia, pero la crisis del 36 lanzó a los comunistas al primer plano nacional. Gracias al apoyo soviético y a la férrea sujeción a una estrategia centrada en reconstruir el ejército y moderar la revolución desencadenada tras la rebelión militar, se convirtieron en fuerza decisiva. Sin embargo, su pretensión de hegemonía y su política de resistencia a ultranza les llevaron, al final del conflicto civil y en el exilio, a un aislamiento que la guerra fría se encargó de confirmar.
En el interior, el franquismo practicó con el PCE una política de erradicación, en la que la cárcel y la tortura fueron el destino común de sus militantes. Pese a ello, en 1956, captando muy bien el significado de los sucesos estudiantiles madrileños, su CC adoptó una clarividente resolución: la restauración democrática solo sería posible mediante la reconciliación nacional, con recíprocas cesiones entre los dos bandos enfrentados en la guerra civil. Siguiendo ese camino, arrostró el PCE crisis internas como las de la expulsión de Semprún/Claudín y fue capaz de dirigir desde los sesenta la movilización estudiantil y obrera –a través de Comisiones, en este caso-, abriéndose además al movimiento vecinal, a los Colegios profesionales e incluso a los sectores cristianos progresistas.

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