Del bendito potaje al baile de la rosquilla

12.04.2017 | 04:45
César Lumbreras

Lo confieso. No entiendo la Cuaresma, ya a punto de finalizar, ni la Semana Santa, el Viernes Santo en concreto, sin un buen potaje de vigilia, por supuesto. Debe ser porque procedo de tierra garbancera, como lo es la Moraña abulense, muy cercana a las zonas productoras emblemáticas de la provincia de Salamanca y, supongo, porque es lo que viví de pequeño. Como sucede con todos los platos muy sencillos, aunque la receta tenga básicamente los mismos ingredientes no he probado dos iguales, y eso que he comido muchos. Mi Semana Santa está ligada a los recuerdos de la niñez y juventud y tiene diez episodios imprescindibles. El primero, por supuesto, las vacaciones escolares. El segundo, el comienzo de las celebraciones con la Misa y la procesión del Domingo de Ramos, a las que acudíamos para recoger las ramas de laurel que nos proporcionaba el cura, que se bendecían y que luego nos llevábamos a casa para utilizar las hojas como condimento de guisos, entre ellos el potaje. El tercero se producía el miércoles por la tarde o el Jueves Santo por la mañana y era el cierre de los bares del pueblo hasta el domingo. El cuarto viene asociado a recorrer las calles con las carracas, ya que no se podían utilizar las campanas, para convocar a los diversos actos religiosos.

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