Que se rindan del todo

10.04.2017 | 00:12
Que se rindan del todo

Se respiraba ya el aroma previo a las Ferias de Septiembre en aquella agradable tarde de miércoles. Pronto se cumplirán 25 años, pero aquél es uno de esos recuerdos que se quedan grabados en la memoria de forma indeleble. Yo entrevistaba a alguien en la redacción del periódico cuando nos interrumpió mi jefe: "Tienes que ir al paseo de la Estación: ha habido un atentado". Mientras intentaba asimilar aquellas palabras ya estaba en la calle armado con la libreta y el bolígrafo. Me topé con un compañero de la radio que se ofreció a llevarme. "¿Sabes algo?" "No, solo que ha habido una explosión". Aparcamos donde pudimos y nos identificamos ante el cordón de seguridad después de sortear no sé cuántos coches de policía. La gente comenzaba a congregarse alrededor haciéndose preguntas, casi todas aún sin respuesta. Caminé hacia la rampa del aparcamiento situado en el número 38 y vi los restos del horror en primera fila. Maldito privilegio. Yo crecí en el Norte en una sociedad secuestrada por el temor. Pero desde aquel 2 de septiembre de 1992, el día del asesinato del coronel Antonio Heredero, cada mención a ETA me devuelve el brutal impacto de aquella primera vez que Salamanca sufrió el zarpazo mortal de la banda terrorista.
Para que la barbarie no se quede en una simple pieza del telediario que miramos de reojo entre bocado y bocado de la comida, necesitamos humanizar las tragedias, y para eso escogemos símbolos. Ahora que los etarras intentan limpiar su imagen y quieren volver a ser noticia escenificando, con el apoyo de un selecto grupo de tontos útiles, una hipócrita entrega de parte de su arsenal, yo recuerdo aquel Opel Kadett reducido a un amasijo de hierros, y recuerdo también el dolor inconsolable de su viuda y sus hijos. Aquel drama que vivimos hace 25 años fue similar al vivido en los otros 828 crímenes cometidos a lo largo de 42 largos y negros años con bombas lapa como la de Salamanca, tiros en la nuca, ametrallamientos, coches explosivos... En los dolorosos "años de plomo", con 1980 como época más oscura, ETA asesinó sin piedad a un ciudadano cada cuatro días de promedio. En aquella época, los atentados llegaron a ser tan frecuentes que dejaban de ser noticia destacada. El primer coche bomba mortal en Salamanca ocupó apenas una columnita en la parte inferior de la portada de El País. Tres años después, el Fíat Regatta ante la Glorieta del que el capitán Aliste salíó con vida por los pelos fue una foto.
Debemos ponerle caras a la tragedia, dejarnos impactar por el dolor para comprender la magnitud de los hechos. Los periodistas tenemos mucho que hacer en ese aspecto. Se criticó por sensacionalista la foto del pequeño kurdo Aylan varado sin vida en aquella playa turca donde murieron tantos sueños de quien huían de la tragedia siria.

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