Limones

10.04.2017 | 00:06
Limones

Los ramos llenaron de aroma a laurel este domingo de "Borriquilla", la procesión de los niños, que volvió a reventar las calles. La miel de los pestiños y los helados se derretían bajo un calor extraordinario, me dijeron mis conocidos. Por mi parte les dije que en La Alberca y Mogarraz se andaba con más desahogo pero también había mucha gente de acá para allá. Ese aroma a laurel también se extendía por el aire serrano de La Alberca, incluso en aquellos lugares donde habitualmente huele a jamón o pan recién hecho. Cuando llegué había procesión de ramos con los notables de la localidad vestidos con capas y los turistas ocupando espacio en las terrazas de la Plaza Mayor, presidida por ese balcón solemne desde el que he tenido la suerte y el honor de pregonar dos veces las fiestas del pueblo. Luego, visita obligada a nuestra Mari Luz Lorenzo, artesana de los turrones locales, creadora de verdaderas maravillas gastronómicas y autora de uno de los hornazos más formidables que conozco, y conozco unos cuantos. Mari Luz y Patricia, su hija, me presentaron el último hallazgo: una morcilla de chocolate, con su tripa comestible y uno toque de hongos sutil y maravilloso. Ambas, madre e hija, son brujas en el arte de la cocina de hongos y setas. Dejé encargado el hornazo del Lunes de Aguas y cargué con un pan de masa madre que llegó de milagro entero al final de la calle, donde había una concentración motera.
Mogarraz, el pueblo de las caras o los retratos, como escuché a algunos turistas, también registraba una buena ocupación. Era difícil encontrar mesa para comer, me dijeron, y eso que hay unas cuantas casas de comida para ello. Tenía reserva esta vez en el Mirasierra de los Maíllo, bajo obras de arte de Florencio Maíllo, el hombre de los retratos en las fachadas del pueblo, y junto a la calle dedicada a Miguel Ángel Maíllo, tan recordado en él. Cerca de su casa natal está la iglesia y en ella encontré a los de Cateja preparando la representación de dos actos de la Pasión. Iban para allá Jesús Málaga y su mujer, María José, con unos amigos con los que habían comido cerca de mi mesa. Entre bodegas que atesoran vinos locales de garnacha, palomino y rufete se encuentra la librería de viejo y local de antigüedades de Venancio Sánchez García, cuya visita es un viaje en el tiempo en muchos sentidos. Esas bodegas guardan vinos que recuerdan a los de toda la vida en la Sierra y que nada tienen que ver con los elegantes que salen hoy de las bodegas profesionales, como "La Zorra Raro" de Agustín Maíllo, con el que acompañé la comida: limones serranos y guiso de cabrito de la casa.

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