Ayuno y abstinencia

09.04.2017 | 04:45
Román Álvarez

El ayuno y la abstinencia durante la Cuaresma han tenido no solamente larguísima tradición sino que también fueron objeto de una cierta picaresca a lo largo de los siglos. La literatura nos ofrece abundantes ejemplos de todo ello. Las Cuaresmas de antes eran intransigentes e implacables, sobre todo con los pobres, salvo en países como España, donde se gozaba del peculiar y casi simoníaco privilegio de la Bula de la Cruzada, que nuestras abuelas adquirían mediante estipendio en las sacristías parroquiales. Todavía conservo algún ejemplar con texto alusivo, sellos blasonados y escudos con lambrequines heráldicos. Eran documentos gracias a los cuales se aliviaba la dureza de las prohibiciones en el tiempo previo a la Semana Santa. Las privaciones contrarrestaban los excesos de las carnestolendas, residuos de anteriores fastos invernales paganos, y se entraba en un nuevo estadio penitencial.
Las restricciones alimenticias son comunes en todas las religiones mayoritarias. En unas, durante todo el año; en otras, como en nuestro entorno cristiano, de forma algo más relajada. No obstante, hay constancia de conciencias escrupulosas que se preguntaban si el rodaballo, de textura grasienta y carnosa, podía ingerirse sin quebrantar la abstinencia, o si los cubitos de supuesto caldo de carne eran permitidos o no (obispo español hubo que se pronunció al respecto, señalando que en su composición no había trazas de carne ni de elementos pecaminosos y por lo tanto podían consumirse caldos sin cargo de conciencia).

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