Prohibir la Coca Cola

08.04.2017 | 04:45
José Antonio Bonilla

Los portugueses, cuando recalaban en Salamanca, antes de los años setenta, era frecuente verlos con cara de satisfacción bebiendo Coca Cola. En su país estaba prohibida. Salazar, un día reunió a un grupo de eminentes doctores, y les preguntó si esta bebida era mala o buena, a la que contestaron que creaba adición. La prohibió en todo el territorio nacional. Pessoa intentó con la literatura levantar la prohibición, sólo consiguió algunos escudos que aliviaron su situación económica. La Coca Cola, hasta 1977, no entró oficialmente en el país luso. A los españoles, sin embargo, el café portugués nos encantaba. Estábamos hartos de achicoria, recuelos y demás sucedáneos. En casa de mi tío Julio, funcionario de aduanas, nunca le faltaba el café, siempre que olía el café de puchero, decía solemnemente: "Esto es lo que da solidez al Pacto Ibérico".
Hay días de mi infancia que no se me olvidan: el de la primera comunión en San Benito, por el obispo Barbado Viejo; los primeros pantalones largos, bombachos de pana, y la primera vez que bebí Coca Cola. Hasta bastante tiempo después, no supe su nombre. La gaseosa era el máximo lujo de los niños de entonces. A casa de mi amigo Moncho vino una prima suya, en edad de merecer, a pasar las fiestas de septiembre. Enseguida tuvo una nube de acompañantes. Hubo uno que la acompañó varías veces, un exoficial del ejército, que había estado en Corea. Ahora estudiaba medicina en Salamanca.


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