Pescadores en la basura

03.04.2017 | 00:07
Pescadores en la basura

La reciente polémica generada sobre la condena judicial a una mujer de Murcia por el contenido de unos tuits me llevó esta semana a meter las narices en las cosas que este personaje decía en la red social del pajarito azul. Fue una absoluta pérdida de tiempo. Ni allí había humor, ni sarcasmo, ni ironía inteligente, ni siquiera una idea salvable. Pero lo cierto es que la llamada Cassandra Vera se está convirtiendo sin haberlo pretendido en un símbolo, en una bandera para quienes han visto la sorprendente sentencia de la Audiencia Nacional como la oportunidad para arrimar una monumental ascua a su sardina particular.
Y digo sorprendente sentencia porque me resulta insólito que el poder judicial se siga metiendo en charcos tan descomunales como son los océanos de las redes sociales para buscar comentarios que encajen en la descripción de los nuevos delitos del siglo XXI. La modificación del artículo 578 del Código Penal, por la que se prevé de uno a tres años de cárcel para quien realice "actos que entrañen descrédito, menosprecio o humillación de los delitos terroristas o de sus familiares", especifica que dicha pena será mayor cuando los hechos descritos se difundan "a través de medios de comunicación, internet, o por medio de servicios de comunicaciones electrónicas o mediante el uso de tecnologías de la información". Casi nada, señor juez. No dudo de la buena voluntad de los legisladores que redactaron el texto para amparar a las víctimas del terrorismo. Pero soñar con que esta ley serviría para combatir el delito tipificado me parece intentar poner puertas al campo.
Imagino a un número indeterminado de funcionarios de Justicia aplicados por indicación de su superior inmediato a peinar Twitter durante un mínimo de 37,5 horas semanales de trabajo efectivo de promedio en cómputo anual. Y poniendo en el buscador términos como "ETA" o nombres de cualquiera de las víctimas de los asesinos que todos tenemos en nuestra mente, Carrero incluido. Esta forma de persecución del delito me recuerda a los controles de droga de los aeropuertos, cuando el empleado de la seguridad que ha dejado pasar sin problemas a los treinta viajeros anteriores te elige a ti y te indica que abras tu maleta, separes las piernas y los brazos y te "escanea" con un misterioso papelito en busca de huellas de algún estupefaciente. En la inmensidad de internet, la misión de pescar delitos para alimentar causas judiciales tiene que desarrollarse por fuerza de modo aleatorio. ¿Y qué pasa con el resto de agravios, mucho más duros, insolentes y soeces, que nunca se buscan y que jamás se encontrarán ni se penalizarán porque el agraviado no es una víctima, directa o familiar, del terrorismo?
Internet, y más concretamente las redes sociales, son un gran mar lleno de rutas de navegación, de oportunidades de encuentro y de conocimiento. Allí nadan muchos peces, pero hay mucha más basura, porquería que lanzan irresponsablemente los sujetos anónimos que se creen impunes. O los perfectamente identificados que no se enteran de qué va el juego de vivir en sociedad, y que a los 21 años y estudiando en la universidad dedican su tiempo libre a escribir en los muros "caca culo pedo pis" solo para crear agitación y para que algún memo les ría las gracias.

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