¡Eu-ro-pa, Eu-ro-pa!

03.04.2017 | 04:45
¡Eu-ro-pa, Eu-ro-pa!

Decididamente, yo me siento europeo. Pero, conste, no estoy orgulloso por serlo. Ante todo, porque no creo que uno pueda sentirse orgulloso de algo en lo que ha tenido poca o ninguna participación. ¿Puedo estar yo orgulloso de que el ser humano haya llegado a la luna, o de que Nadal haya ganado en no sé cuántas finales a Federer, o de la sucesión de Fibonacci, o de la invención del gazpacho?
En realidad, ni siquiera sería oportuno que estuvieran orgullosos los directamente implicados: Armstrong y Aldrin, Nadal, Fibonacci o el anónimo gazpachero primigenio. ´Orgulloso´ es, según la Academia, el que tiene orgullo, y el orgullo –palabra que llegó al castellano desde el catalán ´orgull´– es arrogancia, vanidad y exceso de autoestima, todo ello impropio de causas nobles o virtuosas.
Abajo la arrogancia y la vanidad, pues: ni puedo ni deseo sentirme orgulloso de ser europeo. Prefiero simplemente estar satisfecho por serlo: me siento ligado a Europa en lo intelectual y en lo cultural. Y, sobre todo, en lo emotivo, que en estos asuntos es lo más importante (junto con el patriotismo gastronómico). Lo supe cuando vi en la tele la última Ryder Cup, ese torneo de golf que enfrenta a los equipos de Europa y Estados Unidos." ¿Qué me importará a mí esto?", me decía. Pues me importaba, ya lo creo. "¡Eu-ro-pa, Eu-ro-pa!" Y a pesar de la cerveza y las patatas fritas, sufrí más que un cochino en Guijuelo con nuestra derrota. ´Nuestra´ he dicho, aunque yo no jugaba, por cierto.

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