A la luz de las estrellas

02.04.2017 | 04:45
Joaquín Leguina

Los dinosaurios no dedicaron ni un solo minuto de su larga estancia en la tierra a intentar desviar o destruir los asteroides que, de vez en cuando, golpean sobre la corteza terrestre y así les lució el pelo. Nosotros, los humanos, tenemos la esperanza de detectar con tiempo suficiente esa amenaza como para poder destruirla o desviarla. En cualquier caso, el tiempo que lleva el homo sapiens sobre la tierra es apenas un chasquido de dedos comparado con el tiempo cósmico. Todo ahí fuera es demasiado grande y demasiado extraño.
Para sobrevivir a la larga, para evitar que nos engulla el furor de un sol moribundo y salir de este planeta arreando en cuanto el sol amenace, primero con abrasarnos y luego apagándose (y aunque queden por delante cinco mil millones de años), deberíamos ya desentrañar las leyes de la naturaleza y utilizarlas a nuestro favor. Nos queda bastante faena por delante.
La posibilidad de que el futuro de la humanidad esté ahí fuera, en algún lugar del firmamento terrestre, empieza a aparecer como una posibilidad real, que además resulta fascinante. Nuestro viaje a través del conocimiento acaba de empezar.

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