¿Pero tanto mal hace?

24.03.2017 | 04:45
Ángel J. Ferreira

La iniciativa de Podemos de proponer la supresión de la misa dominical por TVE porque "incita al odio" ha dado pie a un debate que no deberíamos hurtar. Es la eterna cuestión de la no confesionalidad del Estado, recogida en la Constitución, y que de modo interesado lleva a algunos a identificarla con un modelo de Estado laicista. Y la confusión es grave, pues el Estado no confesional es sinónimo de Estado sin religión, pero no contra la religión. El modelo constitucional es el del respeto a las diferentes confesiones religiosas, sin identificarse con ninguna, y el reconocimiento de la libertad religiosa como derecho fundamental.
¿Televisar la misa por una cadena pública viola la no confesionalidad del Estado, violenta la conciencia de los no creyentes? Es obvio que no, pero ello supone aceptar el valor de la religión y no proponer implícitamente su demonización, su marginación, su exclusión del ámbito público, reduciéndola a los confines de la conciencia de cada cual y a los templos. Es expulsar la religión como algo peligroso para la salud democrática, de ahí que no deban verse sus celebraciones porque no respetan a quienes no las comparten. Se admite, a regañadientes, que esos inmaduros que somos los creyentes celebremos nuestra fe entre los muros de las iglesias, pero se tacha de inquisitorial que la mostremos públicamente y que defendamos nuestros puntos de vista porque la religión es algo íntimo que debe encerrarse en las sacristías y no atreverse a exteriorizarla por su carácter dañino para la convivencia democrática.

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