En el nombre del padre

20.03.2017 | 04:45
En el nombre del padre

Entre las muchas formas que puede haber de celebrar un Día del Padre, yo he escogido una de las más raras. Este fin de semana decidí echarle valor y, atendiendo alguna sugerencia familiar, abrí un grupo de whatsapp de primos. Primos por parte de padre, porque el grupo que une a la familia materna ya lleva tiempo dando guerra. Hoy casi todo el mundo tiene algún grupo de whatsapp de primos, junto con otro de familia, de compañeros de trabajo, del AMPA, de antiguos compañeros del cole o de la universidad, grupo de los amigos de la partida en el bar, del club de excursionistas, del grupo de yoga o de la peña del fútbol. Los grupos del whatsapp son otra de las maldiciones tecnológicas que nos ha traído el siglo XXI. Siempre se crean con algún buen propósito, con una finalidad práctica, pero al final terminan convirtiéndose en un guirigay de videos y memes supuestamente graciosos que sólo distraen y te agotan la memoria del móvil. En ese momento maldecimos el día en que nos añadieron a ese sinsentido y soñamos con el modo de desaparecer discretamente sin que nadie se sienta ofendido.
Pero los reencuentros familiares son otra cosa. O quiero creer que así es; ya veremos cómo terminamos. Cuando uno vive a cierta distancia de su ciudad natal no es extraño que el contacto con la familia menos cercana se resienta, más aun cuando esta familia es amplia, como corresponde a los usos sociales de los años sesenta, con tres o cuatro hijos en cada casa. El primer día en este grupo de whatsapp fue una completa locura de ´qué sorpresa´, ´y tú de quién eres´, ´mirad esta foto´, ´qué guapos estáis´. Es la ebullición emotiva propia del primer día en la casa de Gran Hermano o de la jornada de clausura del congreso del partido X o Y. Afloran los buenos sentimientos, no hay roces y rivalidades y se multiplican los buenos propósitos para el futuro. ¿Hipocresía? En absoluto. Me refiero al caso de los primos, que es de lo que yo sé.
Y en el fondo de todas las conversaciones del grupo que creamos este fin de semana estaban las figuras de los padres, todos ya por desgracia ausentes. Este año he abrazado a demasiados amigos y compañeros que han pasado ese trance. Desde que viví ese mismo doloroso momento hace quince años, aprendí que no hay palabras que consuelen el tremendo agujero que deja la muerte de un padre querido y respetado. Pero tras aquella experiencia y el tiempo transcurrido, sólo sé que la vida sigue, que los afectos que renuevan y se multiplican y también que mi padre nunca ha dejado de estar conmigo. En las anécdotas que mis hermanos y yo compartimos, en las fotos y momentos que recuperamos, la figura paterna sigue viva sustentando como un tronco firme el árbol familiar. Esta imagen de unión y armonía es, volviendo a la referencia anterior, a menudo mal utilizada por algunos colectivos para atribuirse valores que no suelen corresponderse con los que inspiran los lazos de sangre. En la reverencia al jefe de lo que sea hay obediencia y respeto, pero también mucho interés y oportunismo de quien busca el ala protectora para medrar. Muchas de las supuestas fidelidades al mandamás perduran en la medida en que éste conserva el poder y el control.

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