In Memoriam Gregorio Hinojo

20.03.2017 | 04:45
In Memoriam Gregorio Hinojo

Aliis coluit non sibi
Cicerón

Algunas necrológicas se escriben de oficio, transitando a paso ligero por encima de las virtudes del finado, y dando el pésame convencional a la familia doliente.
La que hoy escribo, sobre mi amigo Gregorio Hinojo, que falleció hace unos días por causa de un maldito accidente doméstico, está escrita desde el más profundo dolor, desde la entrañas corroídas por su ausencia, desde los ojos llenos de lágrimas que empapan la pantalla y el teclado del artefacto portátil, que no acierta a acaudalar toda la pena que me embarga como una ola de tristeza interminable e irredenta.
No puedo hablar de Gregorio, del Señor Gregorio como le llamábamos desde las letras y la alegría de las coplas sus muchos amigos, no puedo escribir sin emocionarme cuando recapacito sobre lo que estoy haciendo: dándole el último adios a un tipo excelente y generoso, los adjetivos esta vez son ciertos, con el que he compartido alegrías y sinsabores durante los últimos 45 años.
Debo decir para el que no lo sepa, que Gregorio Hinojo fue un prestigioso Catedrático de Latín de nuestra Universidad hasta hace un par de años y por allí están todavía vivas y críticas las huellas de su sabiduría de Filólogo clásico, tan sabio como entretenido, tan profundo en conocimientos como fértil en anécdotas, chascarrillos y nomenclaturas.
Pero Gregorio era mucho más que un sabio académico, era un personaje original hasta en el atuendo, tocado de aquellos sombreros de Panamá color marfil y chaleco oscuro con leontina, que le daban un aspecto mitad de indiano acaudalado, mitad de protagonista Ilustre de una saga decimonónica.
Llegaba de improviso a los corrillos y a las tertulias, a cualquier tertulia, porque nuestro amigo era amplio y transversal en sus aprecios y bueno en el sentido machadiano, hombre de muchas y plurales amistades, con las que se desvivía en atenciones, y allí derramaba sus saberes con la misma generosidad con que pagaba las rondas, en pródigo ejercicio de su aragonesismo rumboso.
No tengo palabras amigo para decirte adiós, están todas inservibles, empañadas de pena, tiznadas de llanto, ateridas de estupor, porque dinos tú, qué vamos hacer ahora sin el concurso de tus anécdotas, sin la confusa y tropezada fonética de tus historias, dinos por dónde vas a desgranar tus atinadas citas latinas, en qué terruños dejarás la sementera de tus saberes rurales, por qué cielos tus puyas y aleluyas de remoto seminarista.

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