Miércoles de Ceniza

01.03.2017 | 04:45
César Lumbreras

No es la primera vez que lo escribo y espero que tampoco sea la última: el Miércoles de Ceniza me trae recuerdos de mi niñez. Tal día como hoy, había que ir a Misa, durante la que el oficiante imponía a los asistentes la ceniza, con la que hacía la señal de la cruz. Era una jornada muy importante en el calendario de celebraciones religiosas, que se vivía intensamente. Comenzaba la Cuaresma, un tiempo de abstinencia, de ayuno y de preparación para la Semana Santa. Si la memoria no me falla, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo eran los dos días más característicos en los que se debía cumplir con la obligación de ayunar: desayuno frugal; en la comida se podía poner uno hasta arriba; nada de merienda ni de comer entre horas y la cena, más que ligera, ligerísima. Esa era, por lo menos, la teoría que nos repetían nuestras madres y abuelas a las que correspondía, generalmente, el papel de velar por la estricta observancia de la norma. A todo lo anterior se sumaba la abstinencia, nada de carne ni de productos elaborados con ella, lo que incluía jamones, chorizos, lomos y salchichones, por ejemplo, norma aplicable durante toda la Cuaresma. Ya se sabe que basta que a uno le prohíban una cosa para que le entren más ganas de hacerla.

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