Fofisanos, gordos y obesos

23.01.2017 | 04:45
Fofisanos, gordos y obesos

Los primeros gordos eran ricos y sedentarios. No tenían necesidad de doblar el espinazo para recolectar la comida o correr delante o detrás de la presa, según el caso, lo que supuso una ruptura con lo que éramos y para lo que estábamos preparados. Lo sugiere José Enrique Campillo en su luminoso libro "El mono obeso". A partir de aquí todo fueron problemas: colesterol, hipertensión y diabetes, para comenzar, y reúma y artrosis, para rematar la faena. Viene esto a cuento de lo que avancé ayer: la lección sobre la obesidad que Ángel Sánchez Rodríguez imparte este miércoles por la tarde, en el edificio histórico de la Universidad de Salamanca, convocada por la Real Academia de Medicina, y abierta al público. El asunto promete por la experiencia y conocimientos del ponente. Y sí, supongo que resultará incómoda para los fofisanos, gordos y obesos, pero es lo que toca.
El mundo de la gastronomía y la literatura están repletas de este género humano. Hasta hace unas décadas no se concebía, por ejemplo, un cocinero fino, como nuestro Héctor Carabias, sino más bien con las hechuras poderosas del también nuestro Carlos Barco. Hay de todo, claro, no se puede decir que Arzak sea delgado, al menos si lo comparamos con Ferrán Adriá, pero ninguno tiene que ver con la notable envergadura que hasta hace poco tenía David de Jorge y no digamos Fernando Point. Si uno viaja atrás en la "Historia de la cocina y los cocineros", de Poulain y Neirinck, lo ve con claridad meridiana. Hoy, en su mayoría, los cocineros son gente afilada y fibrosa, para desconfianza de algunos, como el afamado cocinero Massimo Bottura, al frente de la cotizadísima "Ostería francescana", que escribió un divertido "Nunca te fíes de un cocinero italiano delgado". Los comensales son otra cosa, los he conocido de todos los diámetros –yo mismo soy un ejemplo„incluido mi leído Jesús Ruiz Mantilla, cuyo libro "Gordo" es una referencia en la biblioteca gourmet. Ruiz es un "gordo descomunal, que se compara por la calle con los demás gordos que ve pasar", según relata. El autor se convierte, así, en un personaje literario como lo era Sancho Panza, al que siempre hemos imaginado de perímetro generoso u orondo, como los picadores de época. Un orondo picador sobre un caballo percherón pertrechado con los protectores no debe ser fácil de mover para el toro.
El doctor y profesor Sánchez Rodríguez debe explicar el miércoles qué hace que fofisanos, gordos y obsesos sintamos un apetito permanente, en algunos casos difícil de satisfacer, como el de aquellos personajes de Rabelais, Pantagruel y Gargantúa, o el mismísimo rey emperador Carlos I, que se retiró a Yuste a comer a dos carrillos –y a tres si fuese posible„de forma voraz, insaciable y exigente, mientras el vecindario pasaba un hambre de libro, recogida en la literatura picaresca.

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