Nada esperábamos y nada llegó

19.01.2017 | 04:45
Julián Ballestero

La Conferencia de Presidentes, ese inofensivo juguete diseñado por Rodríguez Zapatero en 2004, volvió a reunirse cinco años después y no decepcionó. Porque nada esperábamos y nada llegó.
Para no pecar de pesimistas, admitamos el inmenso alborozo, la enorme satisfacción que a todos nos produce ver cómo los titulares de los gobiernos regionales comparten mesa y mantel con el Rey y Mariano Rajoy, sin que los comensales acaben robándose los panes y clavándose los tenedores en el cuello. Y más aún nos admira que sean capaces de llegar a acuerdos para negociar criterios sobre futuras comisiones de estudio en asuntos tan espinosos como el reparto de los dineros o la despoblación.
Nada malo puede salir de una reunión con tanta gente bien educada, aunque los mandatarios acudieron el martes pasado al Salón de los Pasos Perdidos del Senado armados con el trabuco de reivindicar más fondos del Gobierno para gastar con más alegría, porque si algo les une a todos (los presidentes regionales) es el carácter insaciable de su espíritu reivindicativo.
Podemos decir incluso que se produjo una cierta unanimidad, por cuanto cada uno y de uno en uno fueron todos pidiendo más para su terruño, sin perder de vista eso que todavía llamamos España, y en cuyo sostenimiento la gran mayoría están de acuerdo, aunque solo sea para seguir amarrados a las ubres de la vaca nacional.
Faltaron dos a los que nadie echó de menos, porque los separatistas catalanes y vascos se consideran de otra casta y defienden el diálogo unilateral y unívoco, es decir, propugnan el sencillo método del chantaje. Hay quien considera un insulto la ausencia de Puigdemonte y Urkullu, pero se trata más bien de no querer perder el tiempo y el tiempo les dará la razón: para qué van a negociar con el resto si pueden imponer el trágala al Gobierno central, como han venido haciendo desde que nació el bendito Estado de las autonomías.
Lo mejor de estas conferencias es que los acuerdos son tantos y tan genéricos que todos los asistentes encuentran argumentos convincentes para volver a sus sedes con aire glorioso y henchidos de orgullo por los avances. Las resoluciones hablan de asuntos tan eufónicos como la creación de una tarjeta de servicios sociales, una estrategia nacional contra la despoblación, otra estrategia de activación para el empleo, un pacto contra la violencia de género o un consejo nacional para coordinar la protección civil. La música suena bien y nadie podrá ponerle pegas, porque ninguna medida lleva detrás otro presupuesto que no sea la buena voluntad.

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