El concejal de la tele

16.01.2017 | 04:45
El concejal de la tele

Resulta divertido el revuelo que se ha preparado a raíz de la ingreso de un concejal del PP de Medina del Campo en la casa de Gran Hermano. Algunos de sus compañeros de partido dicen encontrarse "decepcionados" y "descontentos" por la presencia del joven, Sergio Ayala se llama, en el programa de telerrealidad, y califican la situación como "la peor de las crisis que hemos tenido". En las cabezas de algunos no es compatible el servicio a la cosa pública con la participación en un programa televisivo de entretenimiento. "No es la imagen que queremos dar del PP", dicen. Estas buenas gentes son las mismas que se habrían aferrado con estupor a los reposabrazos de sus butacas al ver en su día a Soraya Sáenz de Santamaría dejándose llevar en el bailecito de El Hormiguero. Y, por su puesto, ni pensar en que el presidente Rajoy se preste a esas frivolidades mundanas, que no son propias de la gente seria y decente.
Subyace en esa forma de pensar una especie de clasismo cultural que establece líneas rojas más o menos visibles entre las opciones de ocio para etiquetarlas con atributos sociopolíticos. Esta tesis podrá parecerles una memez al afrontarla de forma superficial, pero si lo piensan con calma, estamos rodeados de estereotipos que en la práctica son trampas de pensamiento simplista en las que cualquiera podemos caer a menudo, dependiendo del punto de vista, que por lo general es fuego cruzado de opiniones: El público de los "reality-shows" son personas de escaso nivel cultural, a la ópera sólo van los ricos y al ballet ni te cuento, los documentales de animales de La 2 no los ve nadie a pesar de lo diga el EGM y son lo mejor para echar una siesta, el cine español es malo, vive de las subvenciones y solo cuenta historias de la guerra civil y de sexo, la música independiente es de gente rarita, el forofo del fútbol no suele tener dos dedos de frente, el arte contemporáneo es una farsa y no hay quien lo entienda, el teatro es un tostón y además, carísimo. Podría seguir hasta llenar la página con prejuicios de este estilo que oímos a diario.
Cualquiera de estos tópicos, fácilmente desmontable en un debate de diez segundos, se sustenta en la pereza intelectual de quien se resiste a salir de su chiringuito y carece de valentía y curiosidad para adentrarse nuevos territorios y dejarse sorprender. En una capital pequeña como Salamanca no es factible acceder semanalmente a algunos de los espectáculos mencionados, pero sí en Madrid, que está a apenas hora y media de tren. Y la oferta es variadísima, para todos los gustos y bolsillos.
A mí no me interesa Gran Hermano. Yo mismo he despreciado al público que diariamente dispara la audiencia del programa y he mantenido no pocas discusiones sobre la aportación de este formato televisivo más allá que el morbo de presenciar cómo se desenvuelven los otros en la intimidad.

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