Mendigos en la noche

13.01.2017 | 04:45
Ángel J. Ferreira

Vísperas de Año Nuevo, aledaños de la Plaza Mayor, una de la madrugada, frío que congela el alma. Vuelvo del cine, ensimismado en lo que he visto, y de pronto diviso cercano a un mendigo que a esas horas en que uno habitualmente duerme, pide una limosna a una pareja que lo despacha sin contemplaciones. Lo percibo e intencionadamente me desvío a la calle paralela para evitarme el engorroso encuentro, pero el pobre sale tras de mí implorándome ayuda, al tiempo que me suelta: "Puto espíritu navideño, nadie me echa una mano". Le miro a los ojos, contemplo su menesterosa indumentaria, y yo, que voy protegido por un confortable abrigo, me asombro de que pueda soportar la helada que cae en Salamanca a esas horas.
La situación casi se repite idéntica al día siguiente y en las mismas circunstancias, solo cambia que en este caso se trata de una mendiga, a quien, a diferencia del otro, conozco porque vive entre nosotros. El frío todavía es mayor, llevo los ojos borrosos y estoy aterido. La pobre mujer se me acerca y me dirige una sonrisa (¡es increíble que con ese frío me pudiera sonreír, ¡es increíble que en su indigencia tuviera capacidad para mirarme con tanta humanidad!) y me doy cuenta de que solo lleva una blusilla y unos pantalones endebles y raídos. Hacía varios grados bajo cero y sentí vergüenza. Regreso a mi casa y al entrar en el portal noto una temperatura tibia que me hace volver en mí y que contrasta abruptamente con el frío gélido del que he salido. Pocas veces he sentido tanto frío, no porque yo lo padeciera, que tengo recursos para paliarlo, sino porque he visto cómo hiere a quienes no tienen ninguno.

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