La sopa del cardenal

09.01.2017 | 04:45
La sopa del cardenal

Tiene que estar estos días contento el profesor de Derecho, mi amigo Javier Infante, al constatar que su larga y empecinada batalla por la desaparición de los restos de la nomenclatura franquista del callejero de Salamanca, se ha cobrado una pieza de caza mayor. Resulta que acaban de quitarle la calle al Cardenal Pla y Deniel, enclavada en el corazón del barrio antiguo, y su eminencia, que tanta importancia tuvo en la definición de la Guerra Civil como Cruzada Religiosa para el bando de los vencedores, se ha quedado sin placa en la calle que recorrió muchas veces durante los años que fue obispo de la Diócesis de Salamanca.
Desde ahora se llamará Benedicto XIII.
Fue Pla y Deniel férreo franquista desde el primer momento de la sublevación militar y su vigorosa y menuda figura, Su Menudencia le llamaban sus muchos enemigos, albergaba la inteligencia de un sólido teólogo formado en la curia Romana.
En 1935 fue nombrado obispo de Salamanca y cuando estalló la Guerra Civil puso su elocuente retórica a disposición del general Franco, al que cedió El Palacio Episcopal para que lo utilizara como su residencia y cuartel general durante los meses que permaneció en Salamanca. Por tantos servicios y méritos a la Causa llegó a ser años más tarde arzobispo de Toledo y Cardenal Primado.
Polemista implacable, Pla y Deniel aplaudió el ejercicio de la represión feroz de los nacionales contra los republicanos, avalada, según sus palabras por la desaparición de miles de curas y monjas en el bando contrario. Hay una foto no por conocida menos significativa, donde Pla y Deniel, y los cardenales Gomá y Segura, saludan brazo en alto a la manera fascista al acabar la misa. Ahí quedó para siempre esa oprobiosa adhesión.
Volvió Pla y Deniel a Salamanca muchos años después acompañando a Franco a recibir en 1954 el servil título de doctor honoris causa que le concedió la Universidad, hoy por fortuna retirado de tan ilustre catálogo. Y en aquella panegírica ceremonia de la entrega, tuvo Pla y Deniel un papel sobresaliente, como avalista garante de la más que dudosa excelencia intelectual del Caudillo.


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