Que no duela

09.01.2017 | 04:45
Que no duela

En busca de una sorpresa, el día 6, para desayunar, me zampé medio kilo de roscón. Partía un trozo, y nada, la sorpresa no aparecía. Insistía, y otra vez nada. Y así hasta cinco veces, hasta que por fin di con lo que buscaba: era una figurita que representaba un bicho apitufado, esto es, azul. Tardé en descubrir que era un hipopótamo, en tanga y tumbado boca abajo sobre una toalla abanderada con colores patrióticos, rojo y gualdo (´gualdo´, como recomendaba Lázaro Carreter, y no ´gualda´).
Primera explicación de esa búsqueda compulsiva: el roscón estaba buenísimo (lo estaba, doy fe de ello: los de ´Páramo´ hacen bien las cosas). Segunda: me gustan las sorpresas. Las sorpresas amables, claro. Y las busco donde sea, porque no las encuentro en la vida pública: no extraña nada que Trillo siga aún en Londres, ni que la gerente del Complejo Asistencial salmantino (vaya nombrecito) cumpla su lóbrega misión. Ni que Iglesias se lo monte con un tronco para reforzar su deteriorada autoestima ("Si fuera más modesto sería perfecto", supongo que lamenta el de Podemos cada vez que se mira en el espejo). Tampoco sorprende que Díaz se piense dos o doscientas veces su paso a Madrid, ni que el casi paisano Martínez-Maíllo insista en exhibir en la tele su desmañada elocuencia, ni que Rajoy retorne a sus vacaciones permanentes.
¿Exagero al no advertir que la vida ciudadana aporta sorpresas agradables? Desde luego: pero ocurre que el primer deber de un columnista es no estar de acuerdo. Y hoy, insólitamente, sí estoy de acuerdo.


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