El secuestro de los Reyes Magos

05.01.2017 | 04:45
Julián Ballestero

La locura separatista no conoce límites y sus seguidores están dispuestos a transgredir lo más sagrado para dar rienda suelta a su odio a España. Los acólitos de Mas, Puigdemonte, Junqueras y compañía no tienen el menor reparo en utilizar incluso la ilusión y la inocencia de los niños para propagar su mensaje nacionalista, así que hoy han decidido convertir la cabalgata de Reyes en Vic en un acto a favor de la secesión. La Generalidad subvenciona, con el dinero que le prestamos todos los españoles, el reparto de señeras para que la televisión catalanista transmita en directo, gracias a la subvención financiada en última instancia por el Estado español, el acto multitudinario de apoyo a la independencia.
No se extrañen de que cualquier día de estos aparezca un estudio pagado por la Asamblea Nacional Catalana en defensa del origen payés de los tres reyes de oriente, igual que han sido publicados y aireados por los medios al servicio del separatismo otros sesudos trabajos de investigación sobre la procedencia catalana de Cristóbal Colón o sobre la instauración de la primera universidad de la península en los ´paísos´, en detrimento de la antigüedad que ostenta Salamanca.
Han perdido la vergüenza, si es que alguna vez la tuvieron. Y han convertido la desobediencia a la ley y a la historia en una rutina. Así que nada les frena y nada les espanta.
Todo ello en nombre de la democracia, como si el imperio de la ley no fuera la primera norma de la democracia. El camino a la independencia está marcado en la Constitución y requiere del voto mayoritario de todos los españoles. Es el precio que hay que pagar por romper una nación con cinco siglos de historia, la más antigua de Europa.
No existen atajos legales, ni argucias, ni chantajes para acortar ese camino. Aun así, hace mucho tiempo que los golpistas catalanes, formados por la elite política corrupta de Cataluña, han derramado la gota que debería haber colmado el vaso de la paciencia del Gobierno de España, pero tenemos sentado en la Moncloa al último Job, Mariano Rajoy, cuya tendencia a la contemplación pasará a la historia como una desgracia nacional.

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