Noche de niebla

12.12.2016 | 04:45
Noche de niebla

Me fascina la niebla. La de verdad, la que nos ha visitado esta semana. Desde un punto de vista estético, debería precisar. Como eterno aficionado a la fotografía que sabe que nunca llegará a dominar este arte, me estimula el reto de componer estampas sugerentes en las que la realidad que conocemos se diluye tras un espeso filtro gris que esconde los detalles y las luces. Quizás porque sabemos que en la mañana siguiente romperá el sol y todo volverá a verse como siempre, vivo cada noche de niebla como una experiencia sensorial de realidad paralela, una atracción de feria, un paseo por un museo de ciencias en el que uno acepta no ver nada sabiendo que nada le puede pasar hasta que le guíen hacia la salida. Pero el juego es inocente mientras nos sintamos seguros.
Hay otra niebla que me gusta menos. Sobre ello cavilaba yo esta semana pasada circulando de noche por las carreteras de Castilla y León. Una niebla que no está tejida de minúsculas gotitas de agua, sino que se emite con cañones de humo interesados en oscurecer el entendimiento. Conducir entre la niebla puede resultar muy peligroso si el conductor no observa las precauciones que impone la difícil visibilidad. Nos manejamos hoy en día en muchos escenarios de niebla artificial, en los que hay gente interesada en que no veamos más allá de nuestras narices. El espeso lenguaje administrativo, la retorcida retórica de casi todos los políticos, el engañoso atractivo de tantos mensajes publicitarios, el excesivo diluvio de noticias que no ayudan a entender lo que pasa a nuestro alrededor, todo esto y mucho más compone una especie de niebla contemporánea entre la que resulta muy complicado acertar con el camino correcto. Conducir de noche entre la niebla obliga a levantar el pie del acelerador para no estamparse contra cualquier obstáculo que pueda surgir más allá de esos treinta metros a partir de los cuales no se ve nada. Sin embargo, yo echo de menos esa prudencia en las decisiones que hemos de tomar a diario. En los juicios, en las opiniones, en las acusaciones. En buena lógica, la vía más usual para acercarse a cualquier cuestión y adquirir un criterio propio sería conocer el asunto de forma directa. Hoy tenemos en nuestras más más recursos que nunca para acceder a la realidad de los hechos, para escuchar a los expertos. Pero preferimos sentarnos ante el sofá a presenciar los debates ajenos y sumarnos inconscientemente a bando del que mejor se expresa, del más persistente, del tertuliano más combativo en suma. Si se parte de algún prejuicio personal del tipo ´Fulana me cae bien´ o ´Mengano me cae mal´, el ciudadano espectador se entregará en brazos de quien mejor adule a Fulana o atice a Mengano. El espíritu crítico yace en algún lugar escondido, tal vez bajo los cojines de nuestro asiento, junto a aquellos céntimos de euro que un día se deslizaron del bolsillo.

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