Jabalíes

12.12.2016 | 04:45
Jabalíes

Aunque lo pida la actualidad el título de esta escaramuza no se refiere al comportamiento habitual de algunos de nuestros políticos, enseñando sus colmillos feroces en los escaños del Parlamento con más ignorancia que oratoria.
No. No me refiero a los políticos sino a los jabalíes reales, greñudos, toscos, de ásperas cerdas pardas, que desde hace tiempo tienen asolado medio país y se han convertido en una plaga dañina y violenta que causa daños y destrozos por todas partes.
En nuestra provincia, el jabalí o el cochino como le llaman sin más los cazadores, ha sido siempre habitual en los riscos de las sierras, y abundantes las rastras de sus piaras por los frondosos robledales de San Martín o por las barranqueras de Mogarraz y Miranda del Castañar.
En aquellos laderones montaraces, siempre se han dado ojeos para abatir algunas docenas de ejemplares cada año y mantener a raya su población, para asegurar el equilibrio ecológico de la especie. Pero desde hace algunos años los jabalíes se han multiplicado desaforadamente y sus andanzas llegan hasta territorios de las Tierras de Alba o incluso de la calva y deforestada Armuña, donde hasta hace poco su presencia era episódica y muy ocasional.
La invasión no es exclusiva de la provincia, ni mucho menos. Se han visto estos animales hozando tan tranquilos en los contenedores de basura de lugares tan urbanos como los alrededores de Barcelona o de la ciudad de Orense y allí en Galicia es donde más alarmados están, porque sus bosques otrora nobles, hoy colonizados por brezos, piornos y genistas, carrascos y escobos como decimos por aquí, que no se ocupa nadie de limpiar, se han convertido en excelentes refugios para que prosperen allí las camadas de jabatos, que ya crecidos arrasan en sus descubiertas los huertos y maizales.
Recientes imágenes de la televisión nos mostraban a una piara de jabalíes cruzando a nado, con soltura olímpica, la ría de Arosa, con el dañino objetivo de zamparse los bancos de almejas de aquellos arenales marinos. La osadía de los pórcidos ha creado la natural alarma entre los mariscadores y la incertidumbre en los consumidores, pues de cuajar esas costumbre de zamparse bernerechos y almejas, sin distinguir entre las finas, las babosas y las japónicas, van a poner su precio por las nubes estas Navidades y dicen los pescadores que es urgente poner coto a este desafuero de la naturaleza.

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