El aquelarre

07.12.2016 | 04:45
El aquelarre

Qué difícil se lo ponen los políticos a quienes por el oficio de opinar se esfuerzan en no repetirse, pero hay momentos en los que lo difícil se vuelve imposible, viéndose en la necesidad de abandonar ese esfuerzo para escribir lo de siempre si quieren ser fieles a la puesta en escena, que es lo que se repite.
Y aquí ando, repitiéndome todo cuanto el guión me obliga a hacerlo. Otro año metido de lleno en este puente de no se sabe qué, si de la Constitución, si de la Inmaculada, si de ambas cosas, si de ninguna. A esto último se agarran aquellos que no celebran ni lo uno ni lo otro ni nada porque todo el año están de puente. Son quienes aun teniendo mucha tarea encomendada para hacer no buscan siquiera pretextos para no hacerla, y sin darles explicaciones a nadie ni excusarse por ello holgazanean sin parar, pero sin renunciar a nada. Estos tienen nombres, apellidos y siglas que los cobijan y les ha ido hasta ahora muy bien, y como les ha ido muy bien, no cambian.
Un ejemplo de holgazán mayúsculo del que se ha hablado mucho estos últimos días se llama Pablo, se apellida Iglesias y se mueve a su aire bajo las siglas de Podemos, tan a su aire, que ni va a donde tiene que ir ni se le espera... y no pasa nada. Bueno, pues, fiel a lo suyo, anunció que no pensaba ir a los actos de la Constitución. No fue (pero no solo él, tampoco lo hicieron los de siempre) y me parece bien que no fuese, sobraba por lo que defiende y representa. No obstante, de entre todos los que se mueven en el terreno de la política es justo reconocer que él y los suyos son de los pocos coherentes con lo que piensan, dicen y finalmente hacen, así, con esta gente sabemos a qué atenernos, otra cosa es que nos atengamos, por eso su ausencia no me extrañó, me hubiera extrañado lo contrario, que asistiera, cosa que me hubiese sorprendido al verme fuera de sitio por una estrategia inesperada ante la que no habría sabido qué pensar ni qué hacer, y las incertidumbres en este ámbito tan poco de fiar e inquietante acarrean unos riesgos que es mejor no correr. El resto allí estuvo (haciendo patria común) para honrar con su presencia a la Carta Magna, que ayer cumplió 38 años.
La efeméride tuvo sus cosas y ofreció detalles bastante reveladores del talante que suele respirarse en torno al acontecimiento que tiene como elemento aglutinante a la Constitución vigente, a la que todos dicen celebrar „para eso se reúnen todos los años„ pero que nadie está por la labor de respetarla ni de hacerla respetar, cosa que no han hecho nunca. La Constitución es para ellos un obstáculo que quieren quitarse del medio cuanto antes. Esto no es de ahora „pese a que ahora más que nunca están en ello, en averiguar la forma adecuada de y el sitio exacto donde hincarle el diente„ sino de siempre.
Ocurre que tal como es no responde a las aspiraciones de unos y de otros y todos ansían reformarla, o sea, hacerla pedazos para adecuarla cada cual a su causa. Pero resulta que suman tantas causas que no hay Constitución posible para todas ellas. Si la que hay no vale, la que salga „si algo sale„ del estropicio que pueden montar, tampoco valdrá. Para evitar esto Rajoy ha pedido prudencia y que se afronte el reto "sin frivolidades", que es tanto como pedirle peras al olmo.

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