Carta desde el puente

05.12.2016 | 04:45
Carta desde el puente

Escribo desde un punto indeterminado del puente, entre una y otra orilla. Elevado sobre el río de la rutina de fechas en negro y jornadas laborales a medio gas, me apoyo en la barandilla a ver pasar la vida bajo las luces de navidad. Esta podría ser la descripción del momento que vive el ciudadano ausente por unos días de su entorno habitual, aunque consciente de que en lo alto del puente festivo también puede sentirse el frío. Para llegar hasta aquí, el ciudadano de puente ya ha recibido a buen seguro un buen rejón en todo lo alto del lomo de su tarjeta bancaria. Viajar no es gratis, pero en este puente de diciembre los contadores de euros de los surtidores de gasolina parecían las frutas de una máquina tragaperras cualquiera de algún enmoquetado casino de Las Vegas. Me dirán que no hay motivo para la queja, porque hace un mes los combustibles estaban más caros. Pero hay que ver qué rápidos de gatillo son los empresarios del sector de los combustibles para subirnos los precios de la gasolina y el gasóleo cuando tienen una excusa. Y todo porque se avecina una subida de los precios del crudo después de que los productores del petróleo integrados en la OPEP acordasen esta semana en Viena recortar la producción precisamente con ese objetivo. Lo que unos señores, con túnica y turbante o sin él, acordaron hace apenas tres días ha repercutido en tiempo récord en la gasolinera más remota de Palencia, por poner un ejemplo. Esta semana que acaba de terminar envié una carta por correo certificado con destino a Hamburgo. Ya quisiera yo que mi carta llegara a su destino con esa misma celeridad.
En este punto del puente donde el columnista se ha detenido a mirar el paisaje hay muchas luces de Navidad. Todas led, eso sí, para consumir menos y cuidar el planeta. Bajo esas luces que empujan a la gente a ser más felices por imperativo de calendario, vi este fin de semana centros comerciales llenos de "papanoeles" y reyes magos que vestían de incógnito. Y también vi apasionantes museos casi vacíos de visitantes. En estos días de inicios de diciembre, el ocio cultural tiene todas las de perder frente a las rutas turísticas por las secciones del híper. Aquí, la catedral del juguete; allá, el templo del langostino congelado. A la salida, los confesionarios en los que los sacerdotes con uniforme y tarjetita con el nombre pinchado en la camisa expían nuestros pecados consumistas a golpe de penitencia contable en euros. Venimos de un reciente "Black Friday" en que el que la sociedad orquestó una peregrinación masiva a las tiendas, una invasión organizada y que en la mayoría de los casos no sirvió de provecho al consumidor, sino que le empujó a adquirir bienes totalmente innecesarios con la excusa de la oferta puntual, la ocasión, la ganga. Y el empujón de ese "Friday" nos mete en una inercia programada que nos llevará gastando hasta Nochebuena. Todo bajo las luces led. Para no consumir y cuidar el planeta.


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