Mis memorias (Cap. XXXII)

03.12.2016 | 04:45
Mis memorias (Cap. XXXII)

Frecuenté el restaurante "La Isla", frente a nuestra casa de Plaza del Mercado, de aquel emigrante a La Habana, oriundo de Villarino, que después montó en la misma Plaza "Venecia"; acudía diariamente a "Florida" „cuyo nombre fue "La Habana"„, en la Plaza de la Libertad, del gran Eloy y su hijo Jesús, maestros del Dry Martini, con el que de mozo me destetó mi recordado tío Manolo; un amigo fallecido prematuramente, había sido el mirobrigense Miguel "Altares", Marqués de Bayamo „ciudad por la que hoy pasarán los restos de Fidel Castro„, primogénito de los Duques de la Unión de Cuba; había oído, en fin, a un ex ministro relatar la actitud de Franco con su querida ex colonia, tras el incidente del embajador Lojendio (1960), que con un par irrumpió en la televisión cubana, en directo, mientras el sátrapa despotricaba contra España. Escuchó impávido y en silencio la opinión de todos los ministros, sobre el restablecimiento o no de relaciones diplomáticas, y al final solo pronunció dos palabras „dictatoriales„ con su aflautada vocecita: "Que vaya" (el nuevo embajador). En resumen, anhelaba conocer Cuba.
Habíamos acabado de llegar al minúsculo aeropuerto de La Habana, y alguno ya quería volverse: la bajada del avión escoltados por guardia armada; cucarachas en la terminal; el encierro en solitario en un cuchitril de espejos, cuyas puertas cerraban automáticamente con desapacibles ruidos metálicos; el estúpido interrogatorio; la revisión minuciosa del equipaje; la requisa de una revista inane€ Entre los trámites y el traslado al hotel pasaron varias horas sin ingesta alguna, y el turista „hipotenso„, dio señales de una alarmante vagotonía. La vigilante que nos habían asignado „una sonriente joven de color„, que prohibía hacer fotos a casi todo, me agarró del brazo, y se saltó la cola del café „era precisa hasta para tomar una ruin infusión„, abriéndose paso con la excusa de que "el compañero se siente mal". (Al turista no le gustó lo de "compañero" pero no protestó y el negruzco líquido le resucitó). Aquella noche Radio Minuto elogiaba la labor de una esforzada castrista que había asesinado a un disidente, biselando previamente su pene con un pelo de acero implantado en su vagina.
Doce días en "la perla del Caribe" al final de los ochenta: los edificios medio arruinados „con un comisario o delator por manzana„, y literalmente saqueados los del barrio de El Vedado, que fueron arrogantes embajadas antes de la revolución; las calles sin perros (que habían devorado); el parque automovilístico caduco, con los carros americanos de los cincuenta „"almendrones"„, circulando milagrosamente junto a algunos "Lada" soviéticos, más los autobuses que les mandó Franco, de su amigo "Barreiros". Un ventilador costaba varios años de trabajo en la zafra del azúcar.
Era conmovedora la discreta y temerosa persecución de los cubanos, queriendo comprarnos zapatillas, vaqueros, bolígrafos€ (Me habían aconsejado llevar como dádiva ropa íntima femenina y metí en el equipaje un buen surtido de bragas de mercadillo de las que fabricaba un cliente de Ciudad Rodrigo. Sirvieron para lograr agua fresca, conseguir alguna toalla, y favores elementales, de otro modo inasequibles). Pero sobre todo los cubanos ansiaban dólares, que les daban acceso a las surtidas "diplotiendas" para extranjeros, distintas de las de su miserable racionamiento. Castro mantenía la increíble ficción de "un peso, un dólar". Les aseguro que a mí me apremiaron a venderles dólares desde el urinario contiguo, o mientras nadaba en la playa(¡). Recuerdo que a la orilla llegaron zalameras dos atractivas cubanas, a las que mi amigo Ángel y yo advertimos que viajábamos esposados, pero que había en el grupo dos muchachos catalanes€ (Al día siguiente, los "nois" subieron dificultosamente al bus, demacrados, confesando que no les quedaba ni gotita de rencor)

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