Después del poste

30.05.2016 | 00:27
Después del poste
Después del poste

Es muy simple. Una pelota de cuero de aproximadamente 22 centímetros de diámetro, golpeada por el pie derecho de un deportista, se estrelló contra un poste de madera de unos 12 centímetros de ancho. El balón salió despedido con violencia hacia el césped para desencanto del jugador que lo golpeó y alivio del que esperaba detenerlo. En las gradas, los 71.500 asistentes distribuyeron sus emociones entre el júbilo y la decepción. Tal vez una señora sentada en el palco detrás del presidente de la Federación Española de Futbol que lucía un vestido de lunares fue la única que viviera el momento con indiferencia. Fuera del estadio de esa ciudad del norte de Italia, una mayoría de los nueve millones y medio de espectadores que seguían el partido por televisión en España estallaba de alegría. Y en el resto del globo sucedía tres cuartos de lo mismo. Apenas minuto y pico después, la expectación se repetía con otro lanzamiento similar a cargo de un jugador del equipo rival que sí entro en la red. Era el fin. Entusiasmo desbordado por parte de unos, decepción absoluta para otros y alivio de la señora de lunares del palco, que ya veía cerca el momento de quitarse los molestos tacones.
Estos son los hechos, contados como los presenciaría un marciano que hubiera aterrizado el sábado por la noche en el estadio de Milán. Comprendo toda la pasión que ha envuelto la final de la Liga de Campeones. Soy aficionado al fútbol desde que tengo memoria, aunque mis colores no disputaban ayer la orejona en San Siro. Y precisamente por esa no militancia en ninguna de las partes en contienda me apetece mirar el acontecimiento con ojos de marciano. Hubo 120 minutos de esfuerzo extenuante, de aciertos y de errores, pero todos ellos fueron al final intrascendentes en comparación con el error de Juanfran y el acierto de Cristiano. Dos actuaciones humanas puntuales, dos efectos de la física y la aerodinámica tuvieron consecuencias estratosféricas en el estado de animo de millones de personas en todo el mundo, escribiendo un nuevo capítulo de la gloria europea del Real Madrid, con su novato técnico Zinedine Zidane como principal protagonista, y ensombreciendo con dudas el enorme mérito de Atlético y de su entrenador, Diego Pablo Simeone.
El fútbol no es justo ni tiene que serlo, lo mismo que la vida tampoco lo es. Realmente no deja de ser un juego que hemos convertido en una contienda que arrastra pasiones destinadas a fortalecerse al imponer nuestro escudo sobre los otros. Otra cosa bien distinta es la que viven sus protagonistas: jugadores, técnicos y directivos. Ellos saben la verdadera importancia que se derivará de ese balón impulsado por un pie que se estampó en el poste y que poco después besaba las mallas golpeado por otro pie. Las oleadas mareantes de dinero que conlleva obtener un título como la Champions League en premios de la FIFA, primas por objetivos, derechos de televisión y mejoras de contratos de patrocinadores, sin olvidar el creciente y temible negocio de las apuestas deportivas, son solo algunos de los factores que conforman la tremenda presión que se vive en el fútbol de élite.

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