Poco antes de que nos hiciéramos notarios

29.05.2016 | 04:45
Joaquín Leguina
Joaquín Leguina

Viernes 10 de mayo de 1968. París. Exterior. Tarde. Calles próximas al Hospital del Val-de-Grace. Distrito V. Cientos de jóvenes, empujados por la Policía y retrocediendo desde el Panteón, han llegado hasta allí y se están haciendo fuertes en las calles Artaud y Pot de Fer.
Por la calle Vauquelin un grupo de muchachos baja corriendo, gritando y enarbolando botellas llenas de gasolina con una mecha encendida dentro. Arrojan las botellas, como los arqueros medievales, sobre la tropa policial. La explosión y el fuego descontrolan a los flics, que ven cómo arden sus escudos e incluso, en más de un caso, sus uniformes. Media docena de ellos corre detrás de los agresores, pero los revoltosos, en lugar de huir, se detienen, con la esperanza de atraer a esos pocos policías que han abandonado el rebaño y tenderles una emboscada preparada tras alguna esquina€ pero los policías se lo huelen y vuelven a la verja del hospital de Val-de Grâce.
»No me veo entre la multitud ni soy capaz de revivir los impulsos que entonces me tomaron „cuenta ahora, cincuenta y ocho años después, uno de aquellos jóvenes„. No puedo verme entre las barricadas ni en aquellas asambleas que no acababan nunca. Tampoco puedo recordar las palabras que allí se pronunciaron con tanto entusiasmo€ hasta que, hace poco, pusieron en la televisión un documental que recogía algunas de aquellas nutridas asambleas.

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