¡Viva Sevilla y olé!

24.05.2016 | 04:45
Juan Antonio García Iglesias
Juan Antonio García Iglesias

No verlo era no quererlo ver, porque estaba cantado que podría ocurrir lo que al final no ocurrió del todo. No aprendemos porque no nos da la gana aprender de nuestras propias lecciones por más que insistamos. Todavía suena la ensordecedora pitada al himno nacional previa al partido final de la Copa del Rey hace un año en el Camp Nou entre el Barça y el Athletic de Bilbao, sin que hasta ahora nadie haya pagado por aquella actitud irresponsable, innecesaria, antideportiva, hostil e insultante para España, para el Rey „que allí estaba, estoico, junto a Artur Mas, que no cabía en sí de gozo por lo que ocurría„ y para todos los españoles que se preciaban en aquellos momentos de serlo, sencillamente porque consecuencias no ha habido ninguna de ningún tipo. Ni las habrá.
Lo que allí ocurrió aquel día para quien tenía que juzgarlo fue una expresión espontánea de libertad, derecho que ejercieron de forma impecable. Y en eso quedó todo. Y como todo vale y nunca pasa nada de nada, pues... ¿para qué reprimirse si ancha es Castilla?
Por la misma razón que no hay dos sin tres, tampoco hay una sin dos y la del domingo en el Vicente Calderón era consecuencia de aquella otra en el Camp Nou, porque si aquella salió bien esta no tenía porqué salir peor. En aquella ocasión la herramienta era un pito, un chisme inofensivo de insignificante trascendencia. Pero lo malo no era el pito, sino la persona que lo utilizaba y su intención, porque no fue una sola persona sino miles, que suponían otros tantos pitos, compartiendo una intención, por lo que adquirió un alcance desmesurado con todas sus consecuencias.
En esta ocasión la herramienta fue un simple trapo, pero no un trapo cualquiera, sino el de una bandera separatista catalana, por tanto ilegal, la "estelada", signo de división, de desprecio cuando no de odio a lo español y de enfrentamiento, que es el espíritu que domina a quienes la llevan, porque la bandera por sí sola no es nada, es lo que el abanderado quiere que sea. Si hubiera un solo abanderado, poco hubiese supuesto, pero fueron también miles con lo que podría desorbitarse .

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