Un revuelo de campeonato

23.05.2016 | 00:07
Un revuelo de campeonato
Un revuelo de campeonato

Se ve que no había asuntos importantes de los que hablar y hemos decidido montar un revuelo de campeonato con la bandera independentista catalana, la ya conocida estelada. No ha habido otra cuestión más trascendental en toda la semana que si debía perseguirse o no la exhibición en un partido de fútbol de una bandera no amparada por la constitución. Para ser más precisos, una bandera que reivindica una secesión unilateral de un territorio, desafiando al Estado de derecho. Pero una bandera, ni más ni menos.
Entre mis primeros recuerdos en color de mi infancia en el norte conservo en la memoria la fuerza con la que irrumpieron en la vida pública los símbolos reivindicativos del nacionalismo vasco, las canciones que todos terminábamos cantando en las cenas del instituto a partir de la cuarta copa de vino y, cómo no, la ikurriña, perseguida antes de la apertura política y de la construcción del estado de las autonomías. El futbol y su gran arraigo popular en España también sirvió entonces como plataforma de reivindicación política cuando los capitanes de la Real Sociedad y el Athletic de Bilbao saltaron al campo en el derbi vasco disputado el 5 de diciembre de 1976 sosteniendo conjuntamente la bandera bicrucífera que diseñaron Sabino Arana y su hermano Luis en 1894. Aquella enseña era igual de ilegal que esta estelada catalana, aunque los tiempos eran bien distintos. En el 76 amanecían las libertades en España y, emprendida la reforma política que conduciría a las elecciones y a la Constitución, el gobierno provisional y su red de poder se mostraba ya más partidario de tolerar que de prohibir. Aunque las aspiraciones a la secesión eran parecidas a éstas.
El revuelo de campeonato que se ha montado esta semana, concretamente del Campeonato de la Copa del Rey, está enfangado por el atrincheramiento de posturas de unos y otros en torno al sobado proceso independentista -allí dicen soberanista, para ellos políticamente más correcto- emprendido en Cataluña. Ninguna de las partes quiere dar una baza a su oponente que pueda ser considerada como un triunfo estratégico. Y en estas situaciones, la firmeza se ve como un valor y la empatía como debilidad. Pero el Gobierno se equivocó al prohibir las esteladas. Persiguiendo a la gente usar un símbolo no se combate a las aspiraciones de sus seguidores, sino que, muy al contrario, estas aspiraciones se fortalecen y se mitifican. No merecía la pena en este caso alimentar el victimismo dando argumentos a la resistencia. Lo que al final logró con su prohibición la delegada del Gobierno en Madrid fue contribuir a politizar un año más otra final de la Copa del Rey con el Barcelona como protagonista. Y pese a que es el propio club catalán el primer responsable de esa politización, por la lamentable deriva nacionalista emprendida en los últimos años por sus directivos, el Gobierno y sus delegados nunca debieron entrar al trapo. Otra cosa bien distinta es que la propia entidad blaugrana, y no solo sus aficionados, se hubiese envuelto oficialmente en la estelada y la hubiera querido introducir en un acto que organiza el Reino de España. En ese caso no cabrían medias tintas y sería obligatorio parar los pies con contundencia a cualquier desafío al orden constitucional.

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