La trivialidad del mal

22.05.2016 | 04:45
Joaquín Leguina
Joaquín Leguina

En la Piazza del Campo de Siena está el Palazzo Pubblico, un magnífico edificio civil de piedra y ladrillo levantado entre 1297 y 1342. Allí, en la Sala de la Pace, donde se reunía el Consejo de los Nueve que gobernaba la ciudad, Ambrosio Lorenzzetti pintó los hermosos frescos que cubren las paredes. En uno de ellos se representan los efectos del "buen gobierno", y en la pared de enfrente los del "mal gobierno". Dentro de este último fresco aparece Satanás, rodeado de la Avaricia, la Soberbia? etc. El Diablo, vestido de negro, se cubre con una capa roja y tiene a sus pies un macho cabrío en extraña postura. Metido a fondo en el tópico, Lorenzetti adorna la cabeza del Maligno con un par de cuernos cortos y afilados y en su boca semi-abierta asoman dos colmillos draculinos. Los ojillos estrábicos del Demonio miran hacia arriba, como quien espera ver en las alturas al Buen Dios, su eterno enemigo, pero en lugar de pavor o rechazo lo que provoca es risa. Quizá el pintor quiso decirnos que el mal carece de profundidad y por eso sólo produce risa. No es otra la sensación que nos produce hoy otro malvado: Hitler gritando y gesticulando ante sus parciales en Nuremberg. Y a este propósito conviene recordar a la pensadora Hanna Arendt, autora, entre otros, de un libro clarificador: "Los orígenes del totalitarismo".

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