Despedidas de solteros

17.05.2016 | 04:45
Marta Robles
Marta Robles

Voy por la calle y, de pronto, aparecen cuatro chicas vestidas de „no sé qué„ con un sombrero adornado con un pene descomunal sobre cada una de sus cabezas. Se ríen mucho. Creo que deben haberse bebido hasta el agua de los floreros ayer, porque las risas son más tontas que de costumbre y, además, van acompañadas de un griterío que no hay quien lo aguante. Al otro lado de la ciudad, o del mundo, vete a saber, porque ahora los jóvenes, dependiendo de sus presupuestos, se las gastan así, habrá unos chicos que serán la parte masculina de esta historia. Y esta historia no es otra más que la de una despedida de solteros del siglo XXI.
Servidora que se ha casado un par de veces, una en el siglo pasado y otra en este, aún no es capaz de comprender a qué viene tanta estupidez. Tiene gracia lo de despedirse de la soltería, supongo, aunque yo nunca lo haya necesitado, pero desde luego no parece nada divertido hacerlo cociéndose en alcohol y volviéndose imbécil del todo. Esa manía de vestirse, además, con disfraces ridículos o soeces, perdónenme, estaré mayor, pero me resulta del todo incomprensible. Y esas ganas de divertirse por divertirse, para contarlo, digo yo, al día siguiente, me resultan de una idiotez sin parangón. Pero es que, además, hay veces que tanta risa barata y mentirosa es el preludio de una desgracia con sus lloros correspondientes.

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