La falda más corta

16.05.2016 | 00:20
La falda más corta
La falda más corta

Yo calculaba un puesto 18 y al final fue el 22. Una clasificación final en la zona anodina de la tabla, en cualquier caso. En esta aldea global en la que vivimos, donde todos podemos enviar nuestra opinión al mundo independientemente de que tengamos idea alguna del tema, el Festival de Eurovisión es el tema de debate perfecto. No se requieren estudios, documentación ni siquiera sensatez de juicio para poner a parir la canción, para aplaudir a la cantante o incluso para lanzar un corte de mangas integral al certamen y todo lo que le rodea. Me sorprende año tras año cómo una supuesta competición musical monta tanto revuelo antes y durante la noche de autos cuando la mayoría abrumadora de quienes toman partido coinciden en que la supuesta competición artística tiene poco de tal y su trascendencia roza el cero absoluto.
Las pasiones que despierta Eurovisión, de las que este año ha participado hasta el publico de Estados Unidos en la primera retransmisión en directo por televisión, son de la misma naturaleza de las que impulsan a algunos programas de Telecinco hasta mantener esta cadena líder de audiencia. El colorín, los efectos visuales, las campañas internas de autopromoción previas, todo atrae a los sentidos a un litigio en el que se invita a que tomemos partido. Yo soy más de Kiko Matamoros, tú de Belén Esteban y la vecina no soporta a Mila Ximénez. De la misma manera, la intérprete armenia gana adeptos con su short cortísimo y su presencia, la portavoz australiana del jurado es objeto de la mofa general por su pinta estrafalaria y se cuestiona la calidad de la canción ganadora o de la presencia de Australia como país invitado. Y desde que existe internet los ciudadanos se lanzan a opinar sobre todo con entusiasmo y, en este caso, el aliciente de que el asunto invita a la broma y al ingenio por ser absolutamente irrelevante. Espectáculos como Eurovision, Gran Hermano un clásico Madrid Barça conectan directamente con la predisposición que tenemos a tomar partido y a apostar por una opción con la ilusión de que se imponga sobre las demás.
El mundo de la política también compartió en su día este atractivo. La última vez en que los mítines y los carteles electorales fueron novedad, allá por 1977, los ciudadanos se entregaron a aquella ensalada de siglas entre la que seguro que había alguna con la que se podía sintonizar. Participó casi el 79 por ciento de los ciudadanos con derecho a voto, cifra que rozó el 80% en la victoria socialista de 1982. Desde entonces ya nada ha sido lo mismo. Si antes podíamos escoger entre rumbas, baladas, fandangos, pop electrónico, rock, jazz y música de cámara, de un tiempo a esta parte nos obligan a elegir entre reguetón, heavy posturista, pop tontorrón y flamenquito. Resulta difícil encontrar opciones con propuestas sinceras, con líderes que cumplan su palabra y que estén libres de sospecha. Todos nos quieren hacer bailar a su ritmo estudiado en los despachos y pretenden que cantemos sus estribillos en el inglés de la falta de autocrítica y la culpabilización sistemática de los demás. Quieren presentarse ante nosotros como "los distintos", pero quien no cojea de un pie, cojea del otro. O de los dos. Estos meses se han caído bastantes caretas.

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