Siempre hay un libro esperando

07.05.2016 | 04:45
Juan Antonio García Iglesias
Juan Antonio García Iglesias

Estamos viviendo una situación en la que se hable de lo que se hable, da igual de lo que sea, se mete la política por medio, siendo tema inevitable de conversación. Cuando se llega a este extremo obsesivo, de tal forma que somos incapaces de extraer lo político y apartarlo de lo cotidiano como elemento permanente de atención, aceptándolo como normal, es que algo falla.
Si es así, algo falla en España, porque sea cual sea el tema de conversación, se acaba hablando de lo mismo, y hablar de lo mismo no es hacerlo de arte ni de historia, tampoco de literatura ni de teatro ni de toros ni de gastronomía ni de música ni de ecología... ni siquiera del tiempo ni de fútbol, se habla y se discute de todo eso, faltaría más, pero siempre se acaba hablando de lo ineludible, es decir, de política. Está presente siempre, se cuela por todos los lados, no hay rendija ni recoveco que se le resista y poco a poco se va metiendo hasta que lo llena todo. La política está unida de tal manera a nuestro día a día que lo condiciona en todo momento de modo atosigante, siguiéndonos por todas partes como una pesadilla.
Sin duda algo falla, hasta es posible que ese algo seamos nosotros y corramos el riesgo de que sigamos fallando. Pero cabe preguntarse si este fallo, más que tropiezos por nuestras torpezas son zancadillas que nos ponen quienes buscan salirse con las suyas, pero no a cualquier precio sino al que ellos pongan.
No quiero pensar en la que nos espera hasta el 26 de junio. Acabamos de empezar esta nueva etapa y ya estamos saturados. Aun el Rey no había firmado la convocatoria de nuevas elecciones, ni estaban disueltas las Cortes, y ya andaban metidos en su maremágnum con tufo a campaña que echaba para atrás. La petición que Su Majestad hizo a cada uno de los candidatos durante la útima ronda de consultas antes de mandarlos al cuarto de las ratas de que no cansaran al personal, no parece que la hayan tenido en consideración. No se apean de sí mismos, siguen montados en su ego y van a lo que van, que es exactamente a lo mismo que fueron, donde el ego les lleva, y lo demás les importa un bledo.

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