El último hombre tecnológicamente libre

03.05.2016 | 04:45
Marta Robles
Marta Robles

Hace unos meses, un amigo que presume de ser "el último hombre tecnológicamente libre" se quejaba de que el resto de la humanidad era presa de la tecnología de vanguardia. Para combatir tal realidad, él desaparecía de cuando en cuando, se mudaba al mundo del pasado y, según aseguraba, permanecía sin mirar ni los correos durante semanas. El mismo raro espécimen, sin Whatsapp, ni Facebook ni Twitter y con un zapatófono de los 90 precisaba que las sensaciones, los sentimientos y otras cosas del querer, no eran argumentos para redes o mensajes y ni siquiera se permitía escribir cartas electrónicas con nada que apuntase al corazón. Pero, como ya saben ustedes que los propósitos están para dejar en ridículo a quien se los tatúa en el entendimiento, mi amigo, en el final de una relación, frágil como todos, se vio enviando y contestando correos y llamadas, para ver si entre él mismo y su replicante novia, conseguían encontrar el camino para salvar la amistad tras el naufragio. El "ahora sí, ahora no" sin verse cara a cara, duró cosa de dos meses, durante los que él, viendo que aquello se les iba de las manos, propuso, elegante, un almuerzo con bandera blanca, en el que, aún a riesgo de sentir llamaradas al mirarse a los ojos, se jurasen, por fin, amistad eterna, tras haber descartado para siempre el amor. Ella aceptó.

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