Los dominicos en Salamanca

27.02.2016 | 04:45
José Antonio Bonilla
José Antonio Bonilla

Los vientos del saber y predicar empujaron a los frailes dominicos a venir a Salamanca. Se instalaron en la ribera del Tormes. El primitivo convento se levantó junto a la iglesia de San Juan el Blanco, cedida por el obispo. Las temerosas avenidas del río obligaron a la comunidad a buscar refugio en el interior de la ciudad, dentro de la muralla. La pequeña iglesia de San Esteban dio lugar, en 1524, a una sorprendente y monumental construcción, la que ahora vemos. El cardenal fray Álvarez de Toledo, hijo y nieto de mecenas, pagó espléndidamente a los artistas que esculpieron la fachada, pero viendo su buena labra, se les dejó mucho a deber. Para la orden de predicadores el perpetuarse en el tiempo, es algo natural, como lo es a las encinas del Campo Charro. El sentir de la comunidad religiosa es contrario a la del bíblico Matusalén, que consideraba que la vida era breve. Los vecinos y amigos le decían que levantara una casa, él contestaba: "Para lo que voy a vivir". Un muro para defenderse del hostigo, le bastaba. Alcanzó lo 960 años. Si los frailes hubieran tenido la misma visión de la vida, hace quinientos años, hoy no tendríamos tan singular monumento nacional.
El hojear la Historia de los Dominicos del P. Justo Cuervo nos damos cuenta del esplendor que tuvo San Esteban y también de las fatigas y adversidades. A finales del siglo XV tuvo lugar un hecho de trascendental importancia como el examinar el proyecto de Colón para descubrir lo que sería América, para lo que fue ayudado por los dominicos, sobre todo por Diego de Deza. El siglo más sobresaliente, el XVI.

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