El coraje de amar

31.10.2015 | 04:45
María Eugenia Bueno Pastor
María Eugenia Bueno Pastor

El otoño ha llegado con su tiempo de agua, aplaudido y deseado por un campo reseco. Con ese olor que dan los colores ocres, sí olor, porque los ocres de otoño huelen a las primeras lumbres, a los primeros abrigos que del armario saltan expectantes ante un nuevo frío.
Mañana serán los Santos, con sus tumbas repletas de flores, esas que entrarán acunadas entre los brazos del pueblo al Campo Santo y en la salida, su vacío se llenará de roscas de anís, dicen que para aliviar las penas.
Siempre recuerdo al poeta cuando decía "qué solos se quedan los muertos".
La soledad del muerto o la soledad del vivo.
Nunca he temido al cementerio, tal vez porque de niña mis padres nos llevaban mucho a visitar la tumba de los abuelos. Allí aprendí a rezar en voz alta mientras las flores embellecían la sepultura. Allí aprendí a rezar a las tumbas sin nombre y regalar las flores, desechadas por otros, a aquellos perdidos del recuerdo de los suyos. Allí aprendí a normalizar la muerte como un simple paso al próximo encuentro, a entenderla no como un adiós definitivo sino como un sencillo hasta pronto.
La muerte es la otra faz de la vida y el cementerio alberga esa doble condición de la existencia. Allí aprendí que honrar a los muertos con el corazón abierto en ala delta, es el acto de amor con más coraje, porque de la ausencia y de la pérdida irreparable, sólo el amor en la esperanza da el valor de soportar la certeza de no tener jamás a quien se ama, al menos en la única forma que conocemos en vida.

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